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Muchos recordaremos el famoso lema de campaña de Bill Clinton: “¡Es la economía, estúpido!” Unas palabras de las que se ha hablado y escrito mucho y que, a mi entender, siempre han sido lo suficientemente banales como para convertirse en una herramienta de esta política de reality-show que tenemos en el siglo XXI.

ImagenLa economía era entonces un lema; ahora, una excusa. Con el argumento de las deudas, los préstamos, los mercados y la eficiencia, asistimos al despliegue perverso de un doble discurso que utiliza el miedo de los votantes para darle el poder a una casta que, a su vez, provoca el miedo de los ciudadanos para horadar la democracia arguyendo que sólo una serie de decisiones autocráticas podrá arreglar el entuerto económico.

Contemplamos con impávido pavor cómo se van instaurando gobiernos títere que regalan soberanía nacional y maltratan a la ciudadanía a cambio de dinero para pagar unas deudas que se hacen recaer sobre el pueblo y no sobre quienes las han provocado. Se aprueba allí que los diputados regionales no tengan sueldo, conque sólo podrán representar a la ciudadanía los rentistas y la gente de orden. Se decide allá privatizar la Sanidad, conque tendrán mejor atención quienes se la puedan pagar. Se acuerda aquí mandar a la calle a quienes ayudan a buscar y encontrar empleo. Sálvese quien pueda y olvide a quien no sepa buscarse la vida.

Aflora el descontento, surge la ira, campea la indignación, sale a la calle la protesta y se responde multando a quien se manifiesta sin permiso, afirmando que la expresión de los sentimientos daña la imagen de la marca España. Con la excusa de una terrible crisis económica inducida desde el Poder, se culpa a los ciudadanos de todos los males y se les castiga, censura y reprime para no asumir la verdad: que el régimen constitucional está herido de muerte y que España no es un país, sino una sucursal, un protectorado cuyos gobernantes rinden cuentas sólo ante las élites de la Comisión Europea.

La soberanía popular es un estorbo para los poderes monetarios y han decidido que es buen momento para acabar con ella. A lo mejor, Bill Clinton tenía una parte de razón. No es la soberanía. ¡Es la economía, estúpidos!