Carta abierta al Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid


Estimado Sr. Consejero:

Según he visto en el Boletín de la CAM, han tomado ustedes la decisión de ofrecer en la ESO una optativa denominada Retórica y Oratoria que se adscribe en exclusiva al profesorado de Lengua española. Permítame felicitarlo por la inclusión de esta optativa que competirá con Canto coral y con Tolerancia y respeto y también señalarle por qué esa adscripción exclusiva a Lengua española es un grave error que demuestra ignorancia o mala fe de los asesores que le hayan hecho la propuesta inicial. Observe que me refiero a sus asesores, ya que me consta que su formación académica no es humanística.

Es un dislate intelectual, científico y académico excluir de la enseñanza de la Retórica y la Oratoria al profesorado de Clásicas. Es un dislate tan grande como impedir que en Ingeniería Química puedan dar clase los químicos o como defender que el desarrollo de la competencia oral se le asigne en exclusiva a los gabinetes de orientación sexual.

Si nos centramos en cuestiones de base científica, permítame indicarle que la Retórica, que es el conjunto de teorías e instrucciones técnicas necesarias para producir y entender enunciados lingüísticos persuasivos, surge en la Grecia antigua, llega a su culmen en la Roma imperial con Quintiliano y va a seguir desde entonces impregnando la formación europea sin perder nunca de vista sus orígenes y desarrollo. A esos siglos no se les confiere estatuto de precedentes, sino plena carga de naturaleza de cuerpo central de la disciplina. Tan cierto es esto que no hay buen manual de Retórica recientemente publicado que no se remita a Grecia y Roma. Aún más: buena parte de los que no son tan buenos manuales también siguen la estela de la teorización grecorromana, aunque la oculten celosamente por un prurito de descubrir el Mediterráneo. Alguna investigación he dirigido sobre esto, por cierto, y tal ha sido el resultado como le cuento.

La Oratoria, por su parte, es la actividad práctica que se deriva del conocimiento de la teoría retórica. Tiene un componente evidentemente relacionado con el desarrollo de las destrezas y competencias comunicativas, luego es lógico que a ellas aporte su experiencia y formación el profesorado de Lengua española (que sin duda se sentirá feliz de librarse un rato de la tiranía de la morfosintaxis). Tiene también un componente directamente relacionado con el aprendizaje de la teoría y técnica retóricas, luego es más que lógico vincularla al profesorado de Clásicas. Recuerde que somos los clásicos los encargados de transmitir el legado de la cultura clásica, uno de cuyos logros principales es, precisamente, la educación en valores ciudadanos a través de la Retórica.

Esta disciplina forma parte de nuestra formación académica y del conjunto de valores que ayudamos a transmitir y perpetuar, luego no se nos puede dejar al margen de ella como si no tuviéramos arte ni parte. Sin el conocimiento de la Retórica, la Oratoria se reduce, en el mejor de los casos, a mera verborrea y, en el peor, a pura simpleza hablada.

En cuanto a la formación del profesorado, me permito señalarle que Retórica y Oratoria son parte de los planes de estudio de Filología Clásica y que, cuando se imparten en otras titulaciones, los de Clásicas las impartimos. Casi un cuarto de siglo llevo enseñando estas materias en la titulación de Hispánicas de la Universidad de Almería y no lo estaré haciendo tan mal si la ANECA que usted dirigía me concedió la acreditación nacional para el cuerpo de Catedráticos de Universidad, ¿verdad?

Como verá, pues, dejar al profesorado de Clásicas fuera de la asignatura de Retórica y Oratoria es una propuesta insostenible ab origine que solo puede proceder de alguien que ignora la esencia de la asignatura o ha decidido esconderla por el inconfesable motivo que sea. En ambos casos, la incompetencia de esos asesores resulta perjudicial para la formación del alumnado y convierte una buena propuesta en una chapuza.

Sr. Consejero, la Retórica y la Oratoria deben ser enseñadas mediante la colaboración del profesorado de Lengua española con los especialistas en Filología Clásica. En consecuencia, la propuesta que ha aparecido en el boletín de la CAM debería ser modificada cuanto antes para evitar la perpetuación de algo que, o bien obedece a ignorancia, o bien resulta ser un lamentable ejercicio de intrusismo profesional del que le han hecho a usted partícipe involuntario.

Si yo estuviera en su lugar, Sr. Consejero, despediría a esos asesores y pediría asistencia a auténticos conocedores. Hay en España y en su propia Comunidad muy buenos expertos en la materia, especialistas en Filología Clásica y reputados estudiosos y docentes de la Retórica. Si nadie le proporciona nombres, yo me ofrezco a ello. Incluso más: si le hace falta, quedo a su disposición para orientarlo en lo que haya menester.

Y me ofrezco a asesorarlo gratis, que con la educación no se juega y ya le deben de haber costado bastante dinero a la Comunidad de Madrid esos asesores incompetentes que tan malos servicios le han prestado a usted, Sr. Consejero.

Manuel López Muñoz

Profesor Titular de Filología Latina y socio fundador de la Organización Iberoamericana de Retórica

Universidad de Almería

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El triunfo de la demagogia


donald-1-660x330Que Trump haya ganado la Presidencia de los Estados Unidos de América no era tan imprevisible. De hecho, hay una serie de elementos que apuntan a que esta tendencia se va a mantener a lo largo del tiempo prácticamente en todas las democracias occidentales y la explicación está en causas profundas que la Historia ya nos ha mostrado en otros tiempos.

En Atenas, tras la Guerra del Peloponeso, la democracia fue subvertida y quedó en manos de unos oradores que sin ocultar sus intenciones triunfaban proponiendo medidas irracionales destinadas a su propio medro. En Roma, los tiempos del final de la República vieron cómo se establecía dentro de las élites una lucha de familias que usaba el voto comprado de los ciudadanos a modo de coartada. Grecia y Roma nos enseñan que la ciudadanía es una condición que, si no se cultiva constantemente, degenera.

He usado más arriba el término “democracia” y reconozco que lo he hecho mal a propósito. El sistema actual ya no consiste en que la soberanía popular le es cedida temporal y conscientemente a una persona para que tome decisiones en nombre de la colectividad. En realidad, hemos llegado a la demagogia, una fase degenerada de la democracia que toma su nombre de la expresión que significa algo así como “llevar del ronzal” (ἀγεῖν) al pueblo (δῆμος). Justo eso es la demagogia, arrastrar a las masas con emociones, miedos, elementos primarios y discusiones simples.

La democracia necesita que el pueblo reciba una educación y una instrucción, que no son lo mismo. La instrucción contiene los elementos necesarios para cumplir una tarea; la educación produce las habilidades necesarias para vivir conscientemente en el mundo. Sin embargo, la extensión de la mentalidad capitalista de la utilidad y el corto plazo ha conseguido crear grandes capas de técnicos a los que se ha alejado del desarrollo del pensamiento crítico en nombre de la necesidad de saber hacer cosas concretas. El pragmatismo ha desideologizado a la sociedad.

La democracia necesita ponderar con mesura los pros y los contras de las cosas antes de tomar una decisión y, sin embargo, la logosfera actual prefiere envolvernos en un universo de conceptos enlatados y de ideas precocinadas, listas para usar, digerir y excretar. El debate ideológico ha sido sustituido por la mercadotecnia más descarada, que busca que el votante consuma consignas y reaccione a ellas como un perrito de Pavlov en lugar de someterlas al tamiz de la razón.

Las elecciones estadounidenses han demostrado, como me suponía, que grandes capas de población se rebelan contra la influencia de las élites que dominan los medios tradicionales de comunicación y, al tiempo, siguen aquiescentemente las consignas de las teleprédicas, la TDT-Party y el revuelo de las redes sociales, en las que pesa más una buena mentira que un buen argumento. De hecho, lo escribí a finales de junio:

Transformada la democracia en tecnocracia y el derecho de voto en libre elección de mensajes de consumo electoral, los populismos buscan apropiarse de la libertad y conseguir que una masa dispersa elija libremente ponerse en manos de una élite que la necesita al menos tanto como la desprecia.

El Brexit marca el camino: atentos a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

Desde un punto de vista retórico, sigo viendo cómo el debate político (el genus deliberativum) ha sido eliminado en favor del discurso del cierre de filas y la unión del grupo (genus demonstrativum), conque la decisión racional sobre el futuro se ha convertido en la adhesión inquebrantable y emocional a las pasiones inducidas.

De todos modos, no nos deberíamos engañar: Trump ha ganado, sí, pero usando las mismas armas que Clinton. La diferencia es que, entre el original y la copia descolorida, el votante que olvida su condición de ciudadano ha preferido lo más simple, lo más fácil, lo que se puede consumir, digerir y excretar con menos problemas de estómago.

Ocno o el trabajo sin recompensa


Ocnos

Ocnos y la burra

¡Qué raros eran a veces los griegos y qué problemas nos causan sus símbolos! Hay un personaje del que poco se sabe y menos se entiende. Lo llamaban Ocno (Ὄκνος) y lo representaban como un anciano dedicado a trenzar una cuerda que un burro va comiéndose. Cuentan que representa la duda, aunque también se le relaciona con la incesante necesidad de desarrollar un trabajo inútil.

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¿Harpócrates se chupaba el dedo?


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De Patrick Clenet – Patrick Clenet, CC BY-SA 3.0, Link

Muchas veces, interpretar un símbolo sin su contexto nos puede llevar a errores y engaños. El símbolo se caracteriza por no tener una relación directa con el objeto al que se refiere, luego no se puede llegar a éste sin más herramienta que la intuición. El símbolo, para ser descodificado, requiere del aprendizaje de los códigos de la comunidad a la que sirve.

¿A qué viene todo esto? Algunas veces he oído hablar de Harpócrates (Ἁρποκράτης) como dios griego del silencio. Yo mismo lo he dado por bueno y lo he repetido, pero resulta que no lo es… o quizá sí.

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El Brexit como síntoma


Tras décadas de desinformación masiva y de manipulación descarada de la percepción de la realidad, los pueblos han dejado de ser uniones de ciudadanos libres para convertirse en conjuntos de consumidores. La democracia, para serlo realmente, necesita personas informadas, capaces de tener un criterio propio y lo suficientemente audaces como para cambiar de opinión cuando las circunstancias demuestran que esto es lo más sensato. Un sistema democrático exige de sus miembros aplicar los valores de igualdad, libertad y solidaridad a su actuación diaria, pero esto entra en contradicción con los intereses corporativos, para los que la supervivencia de la corporación es el objetivo único al que se subordinan los medios y, peor aún, ante el que se humillan los principios.

El caso del referéndum británico no es una anomalía, sino un síntoma: desde hace ya mucho tiempo, se nos ha transmitido el mensaje de que en la bonanza somos libres y, en la adversidad, súbditos sometidos al albur de una fuerza oscura e indefinida llamada genéricamente “Bruselas” o “Unión Europea”. Esa fuerza oscura nos impone el sufrimiento, según ese discurso, para expiar nuestros pecados y sacrificar nuestras vidas en el altar del dios Capital. Hoy, las masas no se mueven al grito cruzado de Dios lo quiere, sino que se aquietan y someten al simple los mercados lo piden. Cambia el Dios, pero el mensaje mantiene su esencia.

Pongámonos en el caso de alguien que ha perdido propiedades, trabajo, derechos y futuro y a quien se le ha dicho que la culpa es de “Bruselas”… ¿No reaccionaría contra “Bruselas” a la más pequeña oportunidad que se le diera? Su voto sería formalmente racional porque es un voto que busca librarse de la tiranía, de las imposiciones, de las fuerzas de la oscuridad. El problema es que, ante esos sentimientos fuertes, el discurso de lo realizable no tiene nada que hacer: las urnas se llenan a golpe de pasiones, no de razones, cifras o proyecciones macroeconómicas.

Así se entiende que se extienda por nuestro tecnificado e inculto Primer Mundo un discurso simple que identifica enemigos indefinidos y propone un relato de salvación y de redención. Si el Paraíso está escrito en nuestra papeleta de voto, ¿quién no querría acelerar su llegada? Llegamos a la gran paradoja de que quienes nos oprimen le echan la culpa a seres nebulosos, quienes nos perjudican para aumentar su propio beneficio nos acusan de haber vivido por encima de nuestras posibilidades y quienes necesitan nuestro sufrimiento para obtener nuestra obediencia se presentan como los adalides de la libertad que nos han robado. Y vamos y nos lo tragamos.

Las consignas y los prejuicios inundan la logosfera, el pensamiento crítico se ahoga en el océano del consumo de mensajes electorales y una masa humana formada por el sistema educativo para buscar el beneficio individual (“tú estudia algo en lo que haya trabajo”) y moldeada por el sistema comunicativo para desahogar su insatisfacción en la telebasura y en el negocio de la actividad deportiva se queda indefensa ante mensajes que no puede contrarrestar por falta de medios de formación intelectual y de ganas de moverse.

Transformada la democracia en tecnocracia y el derecho de voto en libre elección de mensajes de consumo electoral, los populismos buscan apropiarse de la libertad y conseguir que una masa dispersa elija libremente ponerse en manos de una élite que la necesita al menos tanto como la desprecia.

El Brexit marca el camino: atentos a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.