El triunfo de la demagogia


donald-1-660x330Que Trump haya ganado la Presidencia de los Estados Unidos de América no era tan imprevisible. De hecho, hay una serie de elementos que apuntan a que esta tendencia se va a mantener a lo largo del tiempo prácticamente en todas las democracias occidentales y la explicación está en causas profundas que la Historia ya nos ha mostrado en otros tiempos.

En Atenas, tras la Guerra del Peloponeso, la democracia fue subvertida y quedó en manos de unos oradores que sin ocultar sus intenciones triunfaban proponiendo medidas irracionales destinadas a su propio medro. En Roma, los tiempos del final de la República vieron cómo se establecía dentro de las élites una lucha de familias que usaba el voto comprado de los ciudadanos a modo de coartada. Grecia y Roma nos enseñan que la ciudadanía es una condición que, si no se cultiva constantemente, degenera.

He usado más arriba el término “democracia” y reconozco que lo he hecho mal a propósito. El sistema actual ya no consiste en que la soberanía popular le es cedida temporal y conscientemente a una persona para que tome decisiones en nombre de la colectividad. En realidad, hemos llegado a la demagogia, una fase degenerada de la democracia que toma su nombre de la expresión que significa algo así como “llevar del ronzal” (ἀγεῖν) al pueblo (δῆμος). Justo eso es la demagogia, arrastrar a las masas con emociones, miedos, elementos primarios y discusiones simples.

La democracia necesita que el pueblo reciba una educación y una instrucción, que no son lo mismo. La instrucción contiene los elementos necesarios para cumplir una tarea; la educación produce las habilidades necesarias para vivir conscientemente en el mundo. Sin embargo, la extensión de la mentalidad capitalista de la utilidad y el corto plazo ha conseguido crear grandes capas de técnicos a los que se ha alejado del desarrollo del pensamiento crítico en nombre de la necesidad de saber hacer cosas concretas. El pragmatismo ha desideologizado a la sociedad.

La democracia necesita ponderar con mesura los pros y los contras de las cosas antes de tomar una decisión y, sin embargo, la logosfera actual prefiere envolvernos en un universo de conceptos enlatados y de ideas precocinadas, listas para usar, digerir y excretar. El debate ideológico ha sido sustituido por la mercadotecnia más descarada, que busca que el votante consuma consignas y reaccione a ellas como un perrito de Pavlov en lugar de someterlas al tamiz de la razón.

Las elecciones estadounidenses han demostrado, como me suponía, que grandes capas de población se rebelan contra la influencia de las élites que dominan los medios tradicionales de comunicación y, al tiempo, siguen aquiescentemente las consignas de las teleprédicas, la TDT-Party y el revuelo de las redes sociales, en las que pesa más una buena mentira que un buen argumento. De hecho, lo escribí a finales de junio:

Transformada la democracia en tecnocracia y el derecho de voto en libre elección de mensajes de consumo electoral, los populismos buscan apropiarse de la libertad y conseguir que una masa dispersa elija libremente ponerse en manos de una élite que la necesita al menos tanto como la desprecia.

El Brexit marca el camino: atentos a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

Desde un punto de vista retórico, sigo viendo cómo el debate político (el genus deliberativum) ha sido eliminado en favor del discurso del cierre de filas y la unión del grupo (genus demonstrativum), conque la decisión racional sobre el futuro se ha convertido en la adhesión inquebrantable y emocional a las pasiones inducidas.

De todos modos, no nos deberíamos engañar: Trump ha ganado, sí, pero usando las mismas armas que Clinton. La diferencia es que, entre el original y la copia descolorida, el votante que olvida su condición de ciudadano ha preferido lo más simple, lo más fácil, lo que se puede consumir, digerir y excretar con menos problemas de estómago.

Ocno o el trabajo sin recompensa


Ocnos

Ocnos y la burra

¡Qué raros eran a veces los griegos y qué problemas nos causan sus símbolos! Hay un personaje del que poco se sabe y menos se entiende. Lo llamaban Ocno (Ὄκνος) y lo representaban como un anciano dedicado a trenzar una cuerda que un burro va comiéndose. Cuentan que representa la duda, aunque también se le relaciona con la incesante necesidad de desarrollar un trabajo inútil.

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¿Harpócrates se chupaba el dedo?


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De Patrick Clenet – Patrick Clenet, CC BY-SA 3.0, Link

Muchas veces, interpretar un símbolo sin su contexto nos puede llevar a errores y engaños. El símbolo se caracteriza por no tener una relación directa con el objeto al que se refiere, luego no se puede llegar a éste sin más herramienta que la intuición. El símbolo, para ser descodificado, requiere del aprendizaje de los códigos de la comunidad a la que sirve.

¿A qué viene todo esto? Algunas veces he oído hablar de Harpócrates (Ἁρποκράτης) como dios griego del silencio. Yo mismo lo he dado por bueno y lo he repetido, pero resulta que no lo es… o quizá sí.

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El Brexit como síntoma


Tras décadas de desinformación masiva y de manipulación descarada de la percepción de la realidad, los pueblos han dejado de ser uniones de ciudadanos libres para convertirse en conjuntos de consumidores. La democracia, para serlo realmente, necesita personas informadas, capaces de tener un criterio propio y lo suficientemente audaces como para cambiar de opinión cuando las circunstancias demuestran que esto es lo más sensato. Un sistema democrático exige de sus miembros aplicar los valores de igualdad, libertad y solidaridad a su actuación diaria, pero esto entra en contradicción con los intereses corporativos, para los que la supervivencia de la corporación es el objetivo único al que se subordinan los medios y, peor aún, ante el que se humillan los principios.

El caso del referéndum británico no es una anomalía, sino un síntoma: desde hace ya mucho tiempo, se nos ha transmitido el mensaje de que en la bonanza somos libres y, en la adversidad, súbditos sometidos al albur de una fuerza oscura e indefinida llamada genéricamente “Bruselas” o “Unión Europea”. Esa fuerza oscura nos impone el sufrimiento, según ese discurso, para expiar nuestros pecados y sacrificar nuestras vidas en el altar del dios Capital. Hoy, las masas no se mueven al grito cruzado de Dios lo quiere, sino que se aquietan y someten al simple los mercados lo piden. Cambia el Dios, pero el mensaje mantiene su esencia.

Pongámonos en el caso de alguien que ha perdido propiedades, trabajo, derechos y futuro y a quien se le ha dicho que la culpa es de “Bruselas”… ¿No reaccionaría contra “Bruselas” a la más pequeña oportunidad que se le diera? Su voto sería formalmente racional porque es un voto que busca librarse de la tiranía, de las imposiciones, de las fuerzas de la oscuridad. El problema es que, ante esos sentimientos fuertes, el discurso de lo realizable no tiene nada que hacer: las urnas se llenan a golpe de pasiones, no de razones, cifras o proyecciones macroeconómicas.

Así se entiende que se extienda por nuestro tecnificado e inculto Primer Mundo un discurso simple que identifica enemigos indefinidos y propone un relato de salvación y de redención. Si el Paraíso está escrito en nuestra papeleta de voto, ¿quién no querría acelerar su llegada? Llegamos a la gran paradoja de que quienes nos oprimen le echan la culpa a seres nebulosos, quienes nos perjudican para aumentar su propio beneficio nos acusan de haber vivido por encima de nuestras posibilidades y quienes necesitan nuestro sufrimiento para obtener nuestra obediencia se presentan como los adalides de la libertad que nos han robado. Y vamos y nos lo tragamos.

Las consignas y los prejuicios inundan la logosfera, el pensamiento crítico se ahoga en el océano del consumo de mensajes electorales y una masa humana formada por el sistema educativo para buscar el beneficio individual (“tú estudia algo en lo que haya trabajo”) y moldeada por el sistema comunicativo para desahogar su insatisfacción en la telebasura y en el negocio de la actividad deportiva se queda indefensa ante mensajes que no puede contrarrestar por falta de medios de formación intelectual y de ganas de moverse.

Transformada la democracia en tecnocracia y el derecho de voto en libre elección de mensajes de consumo electoral, los populismos buscan apropiarse de la libertad y conseguir que una masa dispersa elija libremente ponerse en manos de una élite que la necesita al menos tanto como la desprecia.

El Brexit marca el camino: atentos a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

Mary Beard, premio Princesa de Asturias …


Mary Beard

Origen: Mary Beard, premio Princesa de Asturias …

 

Un artículo de opinión que me han publicado hoy en Diario de Almería en la sección La tribuna. He aquí la transcripción literal:

HACE unos días, se supo la noticia: Mary Beard, Catedrática de Clásicas de Cambridge, ha recibido el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Desde luego, me alegró que se galardonara a una persona de Clásicas y me asombró que no fuera en el área de Comunicación y Humanidades. No era la primera vez: ya le ocurrió en 2012 a la filósofa Martha Nussbaum, defensora del valor de las Humanidades en nuestros tiempos, y reconocida por su aportación a las Ciencias Sociales. Quizá el problema sea que deberían dejar sólo el nombre de Comunicación en una categoría y modificar la otra para denominarla “Humanidades y Ciencias Sociales”, pero eso es materia para un debate diferente. Desde luego, en Mary Beard no se premian grandes aportaciones al avance de la Filología Clásica, sino su grande y contrastada capacidad para acercar el Mundo Clásico a los ojos de la ciudadanía del siglo XXI. Quienes llevamos tiempo siguiendo su blog A Don’s Life en el Times Literary Supplement podemos dar fe de esto: tanto sus libros como sus documentales para la BBC parten tanto de la necesidad de luchar para que no se pierdan las raíces grecolatinas de Europa como de la convicción de que ese combate no se libra en el campo de batalla de las bibliotecas, sino con en el de la comunicación.

Muchas veces lo he dicho, incluso en foros públicos de especialistas en Clásicas: nuestras materias no pueden permitirse el lujo de vivir al margen del mundo, como si su único objetivo fueran ellas mismas y su progresiva desaparición fuera sólo consecuencia de la universal conjura de los necios. Al contrario, necesitamos gente que acerque los Estudios Clásicos a la gente de la calle, que les explique las cosas y les haga entender que aún seguimos aportando conocimientos al panorama de nuestros días. Necesitamos un buen comunicador por cada noventa y nueve eruditos. Necesitamos un Carl Sagan, un Neil deGrasse Tyson, un Michio Kaku, un Stephen Hawking (Príncipe de Asturias… ¡de la Concordia!), que reivindiquen nuestra especialidad y, al popularizarla, contribuyan a mantenerla viva. Conste que digo “popularizar”, no “vulgarizar”. Para ser un buen divulgador, lo primero es ser un buen conocedor y añadirle a eso la casi mágica cualidad de expresar sencillamente lo complejo y simpáticamente lo no cotidiano. Un divulgador no es un dilettante, sino un académico dotado de la virtud de la persuasión. Hay varios en activo actualmente: baste pensar en Wilfried Stroh o, más cerca, en Emilio del Río y su sección Verba volant, los domingos en Radio Nacional de España.

Mary Beard pertenece a esa casta de estudiosos simpáticos que ayudan a olvidar a los dómines que esculpieron nuestra adolescencia considerando más importante un genitivo singular que el conocimiento y la apreciación del Mundo Antiguo. Aquella estirpe de gramáticos desconectados del tiempo y el espacio nos ganó en parte el rechazo de sus estudiantes cuando llegaron a la cúspide del sistema educativo y convirtieron sus experiencias en marginación de nuestros estudios. Esta otra estirpe, la de los comunicadores, nos permitirá transmitir que la Filología es, al final, la herramienta que nos permite llegar al conocimiento del pasado con los textos como guía. Sin duda, muchas otras personas merecían el Premio Princesa de Asturias, aunque fuera en Ciencias Sociales, y entre ellas está Mary Beard, que le pone rostro y palabras a nuestro trabajo.

Congratulations, Professor!