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Oigo que los partidos y responsables políticos tienden a afirmar que no se pueden repetir las elecciones generales porque cuestan dinero, mucho dinero, una cantidad inefable de dinero y, claro, cómo vamos a permitirnos el lujo de tirar euros a la basura, con lo que cuesta ganarlos, ¿verdad? Incluso pululan ya informaciones que hablan de cómo los partidos políticos se plantean reducir el tiempo y coste de las campañas electorales, algo que ha sido coreado con entusiasmo por el mismísimo Ministro de Justicia argumentando, entre otras cosas, que así no hay que darle la lata a la ciudadanía.

La cosa tiene mucho sentido, salvo por un pequeño detalle: es una falsedad y bastante burda, además. No una falacia, sino una falsedad en las dos primeras acepciones del Diccionario de la Lengua Española (DLE). Recordemos que, según el DLE, falacia se define así:

falacia (Del lat.fallacia). 1. f. Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien.; 2. f. Hábito de emplear falsedades en daño ajeno.
Por su lado, la falsedad tiene una definición distinta que me lleva a quedarme sólo con las dos primeras acepciones para los efectos de lo que aquí busco demostrar:
falsedad (Del lat. falsĭtas, -ātis). 1. f. Falta de verdad o autenticidad; 2. f. Falta de conformidad entre las palabras, las ideas y las cosas; 3. f. Der. Delito consistente en la alteración o simulación de la verdad, con efectosrelevantes, hechas en documentos públicos o privados, en monedas, en timbres oen marcas.
Aquí no presupongo la intención dolosa del emisor del discurso, luego tengo que limitarme a admitir que se trata de una mentira, una manipulación, una intoxicación o, mucho me temo, un ejemplo más de pobreza argumentativa. Ya en alguna otra entrada de este blog he explicado la base de la argumentación retórica, conque no volveré sobre ello.
La validez de un argumento se puede comprobar, por ejemplo, poniéndolo del revés (falsación), o apurándolo hasta sus últimas consecuencias para ver si se sostienen (reducción al absurdo), o aduciendo casos semejantes (analogía). Veamos algunos casos:
  1. El coste de unas elecciones sale del dinero público.
  2. Si unas elecciones son caras y todo sale de las arcas del Estado, lo mejor será que no las financie el Estado sino, por ejemplo, El Corte Inglés.
  3. Si unas elecciones son caras y un gasto inaceptable, lo mejor será no hacer elecciones.

Cuando nos vamos al campo del razonamiento analógico, la cosa está en saber si hay otras actividades que impliquen un gasto de dinero público y produzcan un beneficio en la economía privada. Así, a bote pronto, se me ocurren algunas:

  1. El mantenimiento, limpieza y adecuación de infraestructuras urbanas durante la Semana Santa de Sevilla, que produce un beneficio de 280 millones de euros, pero no se han cuantificado los siguientes gastos:
    1. Retirar de la calle 1.025.880 kilos de basura.
    2. Hacer 982 asistencias sanitarias, de las que 284 han sido lipotimias y 70 han supuesto traslados a centros hospitalarios.
    3. Atender los problemas físicos de 443 costaleros en el Centro de Atención al Costalero, que cuesta en torno a 7000 € de dinero público.
    4. Que la Policía Local haya gestionado 1.468 sucesos y realizado 851 pruebas de alcoholemia, de las cuales 34 fueron positivas.
  2. Ya que en el año 2013 el beneficio de la prueba de World Pádel Tour para Cáceres fue de casi 950.000 euros con un gasto de algo más de 70000 €, se justifica, entonces, que Mérida ofreciera el anfiteatro romano para acoger la iniciativa: el gasto del acondicionamiento de un monumento histórico, más el de las reparaciones por los posibles daños, es inferior al beneficio que recibe la ciudad.

De acuerdo con eso, igual resulta que convocar unas nuevas elecciones no es tan caro ni tan inaceptable: el dinero que se gasta se emplea en contratar y adquirir servicios y materiales que suministran empresas privadas. En consecuencia, unas nuevas elecciones son, más que un gasto innecesario, una inversión que reporta un beneficio económico para el sector de la economía productiva. Por poner algunos ejemplos:

  1. Beneficios para quienes se dedican a imprimir y repartir papeletas.
  2. Beneficios para las empresas que llevan la comunicación electoral, tanto nacional como provincial, de cada partido.
  3. Beneficios para los medios de comunicación, que venden espacios publicitarios y, en los intermedios, informan sobre la campaña electoral.
  4. Beneficios para las empresas de transporte (los candidatos todavía no vuelan solos).

De acuerdo con eso, ¿será que no se quieren nuevas elecciones por alergia al gasto o por alergia a que los ciudadanos podamos dar nuestra opinión sobre qué está pasando? ¿Es la economía o el ejercicio de la democracia lo que duele?

Miedo me da la respuesta.

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