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Andan en el Parlamento de Cataluña discutiendo si prohibir las corridas de toros, y no parece que vayan a encontrar otra solución al tema que dejarlo o ejercer el juego de las mayorías que ya había antes de empezar la discusión. Tal como están las cosas, no van a conseguirse cambios de postura ni nuevas adhesiones. Es uno de esos debates en los que las posturas son tan definidas que nadie va a cambiar la propia, y nos indecisos van a encontrar elementos del mismo peso en uno y otro lados.

La situación aquí descrita es bastante sencilla de entender si la contemplamos a la luz de la teoría retórica de los grados de credibilidad y desde la atalaya de las finalidades del discurso. Empezando por la segunda parte, digamos que se puede abrir la boca para pedir a quien nos atiende que opine sobre algo relativo al pasado, o bien pedirle que decida hacer o dejar de hacer algo. En el primer caso, deberá emitir un veredicto; en el segundo, deberá adoptar un curso de actuación. Pero cabe una tercera posibilidad: que se hable y se discuta para afianzar los lazos de grupo, sea que existe un objetivo común deseable, sea que se percibe un enemigo o amenaza comunes.

Una discusión que se plantea en términos morales, esto es, la que enfrenta los sistemas de valores y creencias de dos colectividades, puede encontrarse con una evaluación del pasado o llegar a una decisión hacia el futuro, aun cuando estos efectos son accesorios, incluso accidentales. La discusión moral, salvo que haya una instancia coercitiva externa, nunca llega a un consenso porque se parte de la base de que valores y creencias no son negociables (a eso se le llama genus dubium). Desde un punto de vista técnico, cada uno de los grupos en conflicto considera que la credibilidad de la otra parte es mínima, ya que su postura es insostenible e inmoral. En la teoría retórica, a este planteamiento se le llama genus turpe (tipo vergonzoso), y no tiene salida. Al fin y al cabo, el único punto en el que las dos partes concuerdan es el convencimiento del error o inmoralidad de la otra. Se alcanza, así, una situación de equilibrio que consolida la unión de cada grupo y agranda la distancia entre ambos. Suele ocurrir que, cuanto más clara la amenaza, más fuerte la posición de defensa, y menor la credibilidad del contrario.
En este tipo de procesos, a falta de argumentos desequilibrantes, pronto aparecen las ideas extremadas y radicales, las que, en ausencia de razones mejores, se mueven con enunciados absurdos o reducibles al absurdo. Esto explica la ocurrencia del filósofo Jesús Mosterín con su comparación de los toros y el maltrato como tradiciones, cuando habría sido más práctico enunciar que la perpetuación de una costumbre no la convierte en moralmente aceptable sólo porque perdure en el tiempo. El ejemplo, al ser absurdo, acaba provocando la descalificación de quien lo enuncia.

Poco después, la Presidenta de la Comunidad de Madrid decide que conviene declarar bien de interés cultural a las corridas de toros. Desde un punto de vista político, abrió la puerta a que se le contestara que Cataluña usa el Parlamento y Madrid el Boletín; desde el punto de vista retórico, acaba convirtiendo el “toros sí, toros no” en un “fiesta nacional sí, fiesta nacional no” y, consecuencia esperable, torciendo la discusión hacia un “España sí, España no” que politiza aún más el debate.

Que tal es el objetivo, o que así lo parece, vistas las consecuencias, se nota en la calidad lógica del razonamiento de Esperanza Aguirre: la tauromaquia es cultura y, de ahí, bien cultural porque aparece en las obras de Goya o Picasso. Otra vez, el ejemplo mal puesto lleva al absurdo. Goya pintó fusilamientos y duelos a garrotazos; Picasso, bombardeos de ciudades y burdeles. ¿Eso obliga a declarar que tales actos necesitan una declaración de interés cultural?

Lo absurdo de la justificación habla de que la decisión de la Presidenta no obedece a un razonamiento ponderado de la cuestión taurina, sino a un afán de ganar audiencia al precio que sea. El problema es que cambia el tercio en la discusión con lo que sólo se puede considerar un brindis al sol. Al Tendido de Sol, para ser más precisos.

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