Por motivos de trabajo, suelo hacer cada año tres o cuatro viajes en avión. Hay una situación muy molesta: la gente que te asalta intentando colocarte una tarjeta de crédito (la que sea). Es evidente que van a comisión, porque no hay forma de quitárselos de encima. Un “no” les sirve poco; acelerar el paso tampoco es solución (son más jóvenes y corren más); explicarles cortésmente por qué motivo no haces caso de su oferta es perder tiempo y ganas. He intentado muchas cosas, pero nada.

Hasta hoy.

Hoy, gallardamente lo confieso, he pasado al contraataque. Se me ha echado encima una criatura, me ha cerrado el paso y hemos tenido la siguiente conversación (le aseguro, Señoría, que no invento nada):

– Caballero, ¿tiene usted Iberia Plus?
– Haud dubie habeo atque item utor. (Que la tengo y la uso)
[Gesto de desconcierto]
– English?
– Anglicam, non Anglus. (Que hablo inglés pero no lo soy)
[Gesto de pánico]
– Français?
– Galli, ut opinor, dicuntur strenue pugnare (Una frase de manual)

Desconcertada, la criatura se ha dado la vuelta sin ni siquiera despedirse. Riendo entre dientes, pensaba yo que, si me hubiera al menos identificado el Latín, hasta le habría dejado explicarme lo de la tarjeta.

En fin, cosas que pasan.

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