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Asisto con un cierto asombro al revuelo que se ha organizado porque una osada periodista tuteó al Rey al entrevistarlo tras la victoria española en el Campeonato Europeo de Baloncesto. La calificación no es mía, por cierto, sino que recoge el titular de un diario de ámbito nacional. Me caben dudas de si la habrían motejado así en el caso de que hubiera sido varón, pero no es tal el tema que quiero tratar.

El tratamiento que se le ha dado al hecho informativo, si tal relevancia merece, hace hincapié en que se le pudiera haber faltado el respeto al Jefe del Estado español. Parece como si el uso del tuteo fuera reprensible sólo en esta circunstancia pero… ¿lo es?

Cuando volvemos la vista a las enseñanzas de la Retórica, vemos que al orador se le pide una serie de operaciones mentales antes de empezar a construir su discurso. Una de ellas, la inventio o recopilación de materiales, tiene que ver con saber qué decir, de dónde tomar inspiración o tener claro a quién se le habla.

Dentro del proceso intelectual de la inventio se sitúa la delimitación de la materia, esto es, saber de qué va el tema. En latín se le llama quæstio.

Aquí los viejos maestros de Oratoria distinguen entre el asunto concreto (quaestio finita) y el asunto de fondo (quaestio infinita). El asunto concreto hace referencia a un hecho específico que ocurre en un momento dado, a una persona dada, en un lugar identificable; el asunto de fondo es lo que hay detrás de todo eso.

El ejemplo que solían poner es si un viejo (llamémoslo Marco) debe o no casarse con una joven (llamémosla Marcia). El asunto se puede tratar como quaestio finita discutiendo sobre las prendas personales de Marco y Marcia y las ventajas e inconvenientes de su unión. El problema es que, al hacer esto, el asunto se banaliza. Al fin y al cabo, ¿qué nos importan Marco y Marcia?

Distinto será que el orador haga muestra de ser persona que piensa y proponga, antes de hablar de Marco y Marcia, que pensemos si es lógico que un viejo se case con una joven. Al hacerlo, abandona la quaestio finita y entra en la quaestio infinita, el auténtico asunto de fondo.

La preceptiva retórica dice que con este recurso consigue el orador mayor elegancia porque enmarca el asunto en su contexto auténtico. No es sólo eso. Cuando buscamos la quaestio infinita nos acostumbramos a hurgar bajo las apariencias y el revuelo y a pensar en la realidad no visible: prescindimos de la opinión y nos centramos en el conocimiento intelectual. Un ejercicio sano, sin duda, aunque peligroso, porque corremos el riesgo de convertirnos en seres pensantes.

Así pues, volvamos al punto de partida: ¿deberíamos discutir si es procedente que una periodista tutee al Rey o, más bien, plantearnos si el tuteo a un desconocido es aceptable?

Plantéese la quaestio infinita, a ver qué le parece. En cuanto a mi opinión sobre el asunto, habrá podido usted deducirla a estas alturas, ¿verdad?