Tiziano, El rapto de Europa

Cuenta la leyenda que hubo una vez una princesa llamada Europa, quizá descendiente de Ío, acaso hija de Agénor o hija de Fénix y nieta de Agénor, probablemente hermana de Cadmo.

Su linaje lejano la lleva hasta Ío, sacerdotisa de Hera y princesa de Argos, a la que Zeus se le aparecía en sueños una y otra vez llamándola a las dulces labores del lecho. Para cuando los oráculos lograron ponerse de acuerdo, Ío ya había cedido y accedido. Grande fue la cólera de Hera y enorme su determinación de acabar con aquella simple mortal. Zeus, para protegerla, decidió convertirla en una ternera blanca, pero Hera consiguió hacerse con ella y la puso bajo la custodia de un gigante de cien ojos. Hermes intentó rescatarla, pero la diosa, presa todavía de la ira, determinó castigar a la pobre Ío atándole a los cuernos un tábano que no cesaba de picarla. Enloquecida, huyó por medio mundo hasta llegar a Egipto, donde Zeus volvió a transformarla en mujer. El mito sigue, pero nos dice que aquella princesa fue el origen remoto de libios, etíopes, bizantinos y buena parte de los reinos griegos. Hera, a la que Homero llamaba Βοῶπις, la de ojos de novilla, castigó a una mortal para vengarse de su marido y de aquel castigo surgió la mitad del mundo conocido. De aquella familia procedía Europa, sí, hermana de Cadmo, el que llevó el alfabeto, el arado, la fundición de metales y la agricultura a las tierras griegas. De Europa nacieron Minos, Radamante y Sarpedón. Minos, sí, el marido de Pasifae, la que engendró al Minotauro.

Cuando Zeus conoció a Europa, se transformó en un guapo y gallardo toro blanco que, haciendo gala de mansedumbre, consiguió que ella se le montara a las grupas. Acto seguido, toro y doncella cruzaron el mar y llegaron a Creta, donde el gran dios se reveló en toda su majestad, la hizo reina de la isla y le regaló un collar fabricado por Hefesto, un perro (Lélape) que nunca soltaba su presa, una jabalina que nunca fallaba el golpe y el primer androide de la historia, Talos. Grecia nació de aquella familia. Grecia, el origen de nuestra cultura y de nuestra civilización. Grecia, sin la que nunca habríamos llegado a ser lo que somos.

William-Adolphe Bouguereau, Los remordimientos de Orestes.

Hoy, llenos de malos augurios, peores presagios y negros vaticinios, los diarios nos anuncian que la Unión Europea está a punto de perder a una Grecia que se ha rebelado contra los nuevos Olímpicos. El mito vuelve y se reencarna de manera paradójica: la nueva y colérica diosa Hera, instalada en la Cancillería federal alemana, ha decidido castigar ejemplarmente a la Hélade entera. No se trata de que haya de pagarse o no una deuda, no. Es más, mucho más.

Se trata de torturar, humillar y hundir a un pueblo, encerrarlo en el Tártaro y hacer una exhibición de poder. Zeus está ya viejo y desganado. Ya no busca princesas ni quiere nada con nadie. Sus descendientes han perdido las fuerzas y se han dejado arrastrar al borde del abismo pensando que igual pueden arrastrar en su caída a quienes los han cercado. Es Hera, la cruel y colérica, la que domina el Olimpo y, desde él, ha lanzado sus huestes.

Ya nadie protege a Grecia y los dioses, si existen, están demasiado tranquilos bebiendo ambrosía y viendo partidos de fútbol como para pensar en el sufrimiento de los mortales. Ha llegado el reino de la diosa oscura, la que disfraza de rectitud moral su falta de humanidad.

Quizá dentro de una o dos semanas veamos una Unión Europea que expulsa a Grecia de su seno y, simbólicamente, asistiremos a la desaparición de las raíces helénicas de nuestra cultura y a la consagración definitiva del nuevo Sacro Imperio Romano Germánico. Ese día, se habrá cerrado el círculo: Hera, expulsando a Grecia, habrá acabado con la Europa que conocíamos.

Y todo por un puñado de euros y por toneladas de hybris. Cómo no parafrasear a Virgilio (Virg. aen. II, 49) y decir que: “Timeo Germanos et dona ferentes”, que hay que temer a los germanos hasta cuando nos hacen un regalo porque es fácil bajar al infierno de las deudas pero dar la vuelta y volver a levantar la cabeza entre las brisas es una tarea ímproba (Virg. aen. VI, 124-127):

Facilis descensus Averno;
noctes atque dies patet atri ianua Ditis;
Sed revocare gradum superasque evadere ad auras,
Hoc opus, hic labor est.