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Mantén-la-calma-and-take-a-relaxing-cup-de-café-con-leche-600x800A relaxin cap of café con leche in Plaza Mayor an a cuain romantic dina at el Madrid de los Austrias…

Muchos conocimos estas palabras, y hasta el discurso completo, después de haber llegado a España la noticia de que Madrid no iba a organizar los Juegos Olímpicos del 2020. La ducha fría fue espectacular, sobre todo tras tantos días de triunfalismo y desmesuradas expectativas de gloria. Podemos leer en el diario Mundo Deportivo:

Dio la sensación de que Madrid iba a Buenos Aires a recoger la nominación, no a ganarla. Hubo euforia que no se correspondió con alguna intervención de bajo nivel en el terreno de los idiomas y que la brillantez del príncipe Felipe y Pau Gasol no lograron remontar.

Ya hace mucho tiempo, la mayor Armada que conocieron los siglos fue hundida antes de llegar a tocar las costas inglesas. Hace poco más de cien años, el férreo corazón de los marinos españoles no fue suficiente para neutralizar a los acorazados estadounidenses en Cuba. Tampoco la inamovible voluntad del COE y de Madrid doblegaron la decisión de los que confiaron más en la capacidad de Tokio para albergar unos Juegos. Y la tremenda decepción se convirtió en ira y vergüenza cuando, tras la noticia, llegaron las palabras de Ana Botella, que con ellas y con su actitud grabó en bronce todo un episodio memorable de la reciente política española. El antidiscurso de Ana Botella fue sólo otra gota más en el océano de malestar que se ha generado contra un grupo social que cada vez es más percibido como ajeno a la ciudadanía y que no tiene ningún empacho en desdeñar a quien no es de su clase. Cuando vuelvo la vista a aquel antidiscurso, no puedo sino recordar unas palabras de Cicerón, que decía:

Pues conviene que el orador se dedique con diligencia, no a satisfacer a quienes lo necesitan, sino a parecerle digno de admiración a quienes con libertad lo juzgan (Cic. de or. I, 26, 119 ed. Wilkins).

Entre mis conocidos, hubo una reacción que me resultó, de hecho, muy llamativa. Podríamos sustanciarla en un: Y ésos son los de la educación de élite, los que se están cargando la educación pública porque dicen que no da una buena formación. En el fondo, ese enunciado refleja cómo las carencias retóricas de Ana Botella terminaron haciendo, no ya que el Comité Olímpico Internacional no votara la candidatura de Madrid, sino algo mucho peor: dejaron en evidencia que el patrón elitista de una parte de nuestros dirigentes no sirve como modelo porque, por mucho que les duela, les ha dado una formación perfecta para hacer las cosas mal.

Se han analizado profusamente los motivos de aquel fracaso. Hubo muchos tejemanejes, sí. Se habla de una votación amañada. Se invoca el no nos quieren (véase la sexta razón de la derrota, según el diario ABC) y se apela a la conjura universal. Incluso ha aparecido el creador de aquel discurso diciéndonos que no nos hemos enterado y que, en realidad, Ana Botella estuvo perfecta. Lógico, si él vive de eso, ¿cómo va a admitir que lo hizo mal? Es algo parecido a lo que dijo el presidente del Comité Olímpico Español para defender a Ana Botella, como podemos leer en El Huffington Post:

Así se ha expresado Alejandro Blanco, el presidente del Comité Olímpico Español y responsable de la candidatura Madrid 2020. Blanco ni entiende cómo “la mejor candidatura” pudo perder, ni qué ha pasado, ni las críticas a la alcaldesa de Madrid por su discurso en inglés.

“Me hace mucha gracia, porque puedes hablar en cualquier idioma, empezando por el tuyo”, ha asegurado Blanco en Los Desayunos de TVE. “Hay que ver el nivel de inglés que tiene la gente”, advirtió en referencia a los que critican a Botella por su “relaxing cup of café con leche”, que se ha hecho viral en las redes sociales.

“Es verdad que muchos no hablamos perfectamente”, ha reconocido, pero el nivel de la candidatura les permitía comunicarse sin mayor problema. Pero en reuniones de alto nivel hay además gente trabajando para facilitar la comunicación. “Para eso están los traductores y para eso tienes traducción simultánea”, ha dicho.

No entraré a analizar nada de esto, sino a dar mi opinión (una más de las que se han venido dando desde entonces) de por qué los errores retóricos de Ana Botella provocaron, no ya la derrota, sino la indignación de muchos españoles, que no eran los que debían tomar la decisión de los Juegos pero se veían representados por la oradora ante el mundo.

¿Cómo logró Ana Botella destrozar su imagen y la nuestra con sólo unas palabras? Vamos a ver tres aspectos: los prolegómenos, la puesta en escena y la incongruencia del mensaje.

Los prolegómenos

Ya un día antes del antidiscurso, deberíamos haber visto que la candidatura española no las tenía todas consigo. De hecho, se nos adelantaba que el alegato final iba a buscar un solo efecto: emocionar… ¿Emocionar? ¿Hay que defender la validez técnica y la viabilidad económica de un proyecto y el objetivo es emocionar? ¿Se dirige a un auditorio repleto de gente que sólo mira su bolsillo y su sillón y el objetivo es emocionar? ¿Tanta es la falta de confianza en las propias razones como para jugárselo todo a arrancar el voto sólo con emociones?

Éstas son las palabras de Terrence Burns, el gurú que le diseñó el discurso a Ana Botella:

Hay que crear una marca, identificar a la ciudad con algo que sea diferente al resto. La emoción es fundamental. Hay que partir de que todos los proyectos técnicos son buenos, mejores o peores, pero buenos, por lo que hay que acudir a lo que te diferencie del resto y en este caso es la emoción, la alegría” … “Tienes que llegar a emocionar. Todo el mundo sabe más o menos cómo es un país. Por eso hay que crear algo diferente, algo con lo que se pueda identificar todo el mundo. El mensaje tiene que ser único por parte de todos porque con esa unidad se transmite fuerza.

Creo que aquí podemos ver un claro error de diseño del discurso: se enfocan los recursos a un auditorio que no es el que se va a encontrar el orador y, así, se crea un discurso que aleja al orador de su auditorio, se le proporciona a éste un motivo para reafirmarse en la decisión que ya ha tomado, no para cambiarla.

Como dice el propio Terrence Burns, todo estaba diseñado para transmitir una sensación de cercanía que produjera empatía con las tesis de la oradora y, en consecuencia, facilitara compartirlas y convertirlas en un proyecto común:

He trabajado en muchas presentaciones de candidaturas y no es lo normal tener una alcaldesa tan cálida, cercana y apasionada de su ciudad. Ella fue uno de los mayores activos de nuestra candidatura. Su punto más fuerte es que era muy creíble porque estaba claro que amaba su ciudad.

El primer golpe de empatía estaba claro: acercarse hablándole en inglés a un auditorio compuesto por personas que tenían a su disposición los auriculares del sistema de traducción simultánea. Aun entendiendo que se le recomendara expresarse en esa lengua, una de las dos oficiales del Comité Olímpico Internacional, deberia la oradora haber mencionado su carencia de conocimientos en esa lengua y, con algún pequeño golpe de humor, intentar que el auditorio, compuesto sobre todo por gente que no tiene el inglés como lengua materna, se sintiera representado en las palabras de ella. Al no hacerlo, el mensaje que daba era que iba más que sobrada de destrezas lingüísticas, y eso se paga.

La puesta en escena

Es un fallo menor, creo yo, y habría quedado en simple anécdota si no se le hubiera añadido otro mucho peor. ¿Se han fijado en que Ana Botella casi no pestañeaba? Es el síndrome del mal actor, tan concentrado en recordar su texto que vuelca la mirada hacia su interior y deja de mirar a su auditorio porque está dedicando la mayor parte de su carga de trabajo cognitivo a recuperar el mensaje. Sí, ese discurso estaba memorizado, pero no interiorizado, conque las palabras no parecían salir del corazón y, en consecuencia, no emocionaban porque no transmitían la idea de que la oradora se las creyera. Ya lo dijo Marco Fabio Quintiliano:

De prueba nos sirven los actores dramáticos, que tamaña gracia le añaden a los mejores poetas que infinitamente más nos deleita lo escuchado que lo leído, y hasta consiguen atención con algunos de los peores poetas  de manera tal que quienes no tienen lugar alguno en las bibliotecas llegan a ser frecuentes en los teatros. Conque si tan poderosa es la pronunciación, en asuntos que sabemos que son inventados y hueros, hasta el punto de provocar ira, lágrimas e intranquilidad, ¿cuánta mayor validez habrá de tener cuando además nos los creemos? Y en verdad estoy tentado de afirmar que un discurso mediocre confiado a la fuerza de la acción deberá tener influencia mayor que el mejor privado de ella.

No era su discurso, sino el que le prepararon para que se lo aprendiera. Su entonación era forzada. Su simpatía era forzada. Su pronunciación era forzada. Sus ideas no eran suyas. No parecía sentir lo que decía, cosa de la que ya fray Luis de Granada hablaba en su Vida de San Juan de Ávila cuando escribía:

Porque cierto es que no hay palabra que más hiera los corazones que la que sale del corazón; porque las que solamente salen de la boca no llegan más que a los oídos. (Fray Luis de Granada, Vida del Padre Maestro Juan de Ávila, “Dedicatoria”).

Y hemos pagado bastante caro todo aquello.

La incongruencia del mensaje

Por otro lado, también nos podemos fijar en el discurso mismo, más allá de los elementos no verbales, a los que tanta atención se presta como si fueran los únicos determinantes para lograr una adecuada persuasión. Como este post ya se está haciendo un poco largo, fijémonos en dos o tres aspectos fundamentales.

Para empezar, se pregona que Madrid es la candidatura más austera, la que menos va a gastar porque ya tiene las infraestructuras prácticamente hechas. Esto tiene, básicamente, el problema de que al Comité Olímpico Internacional le importa bien poco que se ahorre o no, ya que es una especie de multinacional de la publicidad paradeportiva y los gastos no los siente como suyos. El problema es la contradicción entre la promesa de no gastar y la realidad de la comitiva que formó la delegación y de quienes la acompañaron. Como se puede leer en un blog que analiza la cuestión:

5. La coherencia es la capacidad de vivir como uno piensa alineándose con sus principios y valores. Madrid presentó una candidatura austera, una candidatura que pregonaba que en tiempos de crisis y de recesión había que optar por una opción low cost. Esto no es problema si luego no llevas a Buenos Aires a un séquito que supera, con creces, al que llevan las otras ciudades candidatas. Posteriormente se ha sabido que algunos de los invitados oficiales aprovecharon para llevar amigos y familiares a Buenos Aires.  ¿Entonces con qué nos quedamos?, ¿somos austeros o no somos austeros?, ¿austeridad sí pero depende de para qué o para quién?. Desconozco si esta situación tuvo peso o no pero estoy seguro de que alguno de los miembros del Comité Olímpico Internacional reparó en ello. Por lo tanto, intentemos aplicar la coherencia en todas aquellas decisiones que tomemos o propuestas que pongamos en liza, analicemos bien lo que hemos dicho que íbamos a hacer y lo que estamos haciendo, pidamos opinión a aquellas personas en las que confiamos e invitémosles a que nos den su opinión sobre la coherencia de nuestros actos y decisiones. Es importante tener un Pepito Grillo que de vez en cuando nos ponga en nuestro sitio, nos centre y nos sugiera que tenemos que volver a encontrar el camino correcto.

Hay, pues, una incoherencia entre los dichos y los hechos, pero también un error de planteamiento al arropar el discurso con toda una batería de consideraciones acerca del apoyo que la organización de los Juegos le daría a la recuperación económica española, un argumento que puede servir para consumo interno pero que, en realidad, no le importa nada a los miembros del Comité Olímpico Internacional. Nuevamente, recurrimos a El Mundo Deportivo:

4) No a los riesgos

La apuesta económica de Tokio era la más segura. El COI, en esta ocasión, no quería ningún riesgo. Río de Janeiro ya les está saliendo más difícil de lo que esperaban y es un país emergente en su economía. Los Juegos, al final, también son un negocio.

Un elemento extraño en la intervención de Ana Botella es la apelación constante a la comodidad, la calidez de las gentes de Madrid, la cultura que se respira en el ambiente, al hecho de que unos Juegos Olímpicos son más que un simple acontecimiento deportivo. En realidad, y si el texto que acabo de citar es correcto, todo eso le da igual a los miembros del Comité, cuya mayor preocupación es la de los beneficios económicos.

Y llegamos ya al famoso “relaxin cap” (sí, ya sé que está mal escrito, es a propósito). Aquí hay también un error que provoca la alienación del auditorio. Obsérvese que Ana Botella ha estado enfatizando la cualidad de Madrid como foco de cultura y bienestar y esforzándose por diferenciarla del resto de las ciudades que competían. Llega el momento de poner el ejemplo de en qué se sustancia esto… y habla del café con leche. El café con leche como elemento típicamente español, al mismo nivel que la Plaza Mayor o el Madrid de los Austrias.

¿De dónde saco esta afirmación del carácter idiosincrásico del café con leche? Del hecho de que se menciona en español, como si se tratara de un concepto ajeno, folklórico, intraducible. La Plaza Mayor es la Plaza Mayor, vale. El Madrid de los Austrias es el Madrid de los Austrias, de acuerdo. Pero el café con leche es una bebida (se supone que estimulante, no relajante) de ámbito mundial: mencionarla como una especificidad introduce un factor de incredulidad en el auditorio, que puede sentirse levemente incómodo al ver que se le vende como típicamente español algo que también puede conseguir en el Starbucks de la esquina.

Conclusión

En suma, veo que sí, que Ana Botella cometió varios errores, empezando por el peor de todos y origen de todos los males: haber pensado que se le pueden escribir los discursos a quien tiene que pronunciarlos. El logógrafo hace su trabajo y lo cobra; el orador, si se limita a citar las palabras del logógrafo, se equivoca y transmite la imagen de un papagayo.

Al final, todo esto demuestra que un buen discurso no garantiza el éxito, pero un mal discurso es la puerta del fracaso personal y profesional. Si no quieres que esto te pase, no esperes a que llegue el momento de tener que hablar en público. Empieza ya a formarte y a entrenarte.

Mañana puede ser demasiado tarde y costarte demasiado caro.

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