Para los vencidos…


Virgilio, Eneida II, 354: “Una salus victis, nullam sperare salutem” (“Para los vencidos no hay más salvación que no esperar salvación alguna”). Y, dicho esto, Eneas se lanzó al combate último de la caída de Troya junto con los pocos que le quedaban.

Vencidos por la mala suerte de vivir en un rincón geoestratégico fundamental, la guerra los deja sin nada. Querían libertad y se han quedado sin casa. Vienen a pedir ayuda y les garantizamos nuestra indiferencia. Un chulo imbécil les dice en inglés con acento polaco que no aparezcan por aquí. Los mandarines del continente se reúnen y, en vez de plantarle cara al fantasma del fascismo que recorre Europa, creen ganar tiempo cerrando las fronteras.

El tiempo de las concertinas se acerca. Los dejaron sin casa; nosotros, sin esperanzas. Cuando no tienes nada que perder, morir es sólo una opción, y ni siquiera la peor.

¿Quien tendrá, dentro de unos años, el valor de asumir la culpa de que sus hijos, por falta de esperanza, abracen el credo de los fundamentalismos terroristas y acaben declarándonos la guerra a cuenta del pan y la sal que hoy les negamos? Al contrario, les exigirán a nuestros nietos que luchen por una Europa que nuestros cínicos, inmanes y despiadados reyes de las políticas económicas ya hoy han hecho saltar por los aires.

Y la tierra de la igualdad, la libertad y la fraternidad temblara azogada, porque no quedará nadie que crea en ella.