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De Patrick Clenet – Patrick Clenet, CC BY-SA 3.0, Link

Muchas veces, interpretar un símbolo sin su contexto nos puede llevar a errores y engaños. El símbolo se caracteriza por no tener una relación directa con el objeto al que se refiere, luego no se puede llegar a éste sin más herramienta que la intuición. El símbolo, para ser descodificado, requiere del aprendizaje de los códigos de la comunidad a la que sirve.

¿A qué viene todo esto? Algunas veces he oído hablar de Harpócrates (Ἁρποκράτης) como dios griego del silencio. Yo mismo lo he dado por bueno y lo he repetido, pero resulta que no lo es… o quizá sí.

Para los antiguos egipcios, se trata de la representación del dios Horus recién nacido, tan débil que no puede moverse y, como niño pequeño que es, se lleva el dedo a la boca. Los griegos, al ver estatuillas de un niño algo más crecidito con el dedo cercano a los labios, interpretaron que, más bien, sería una incitación al silencio y la discreción y como tal se lo llevaron a su cultura. En Roma, su figura aparece incluso en manifestaciones literarias como el poema 74 de Catulo:

Gelio había escuchado a su padre afear con frecuencia
que alguno su antojo fuera haciendo o contando.
Por tal de que no le ocurriera, a la esposa de un tío paterno
mano metió, y del tío un Harpócrates hizo.
Lo que quería obtuvo: por más que ahora al tío
se la chupe, ni una palabra dirá el tío.

Parece, pues, que alguien se equivocó: no era un dios de la discreción, sino del desvalimiento infantil. Sin embargo, si el símbolo no tiene relación directa con el objeto representado sino a través de la convención social, debemos plantearnos las cosas de otra manera: lo que Harpócrates significara para los egipcios era parte de su cultura; la interpretación que le dieron griegos y romanos, la propia. Para los egipcios, Horus todavía niño e indefenso; para nuestros ancestros culturales, un niño sabio que anima a no hablar en demasía o incluso a no hablar. El Horus pequeño habla de una leyenda; Harpócrates nos transmite una exhortación a ser discretos.

¿Se chupaba Harpócrates el dedo? Pues según lo que queramos ver. Por ahora, y como soy hijo de Roma y nieto de Grecia (premio a quien identifique la cita oculta), le haré caso al dios y me callaré.

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