Tras décadas de desinformación masiva y de manipulación descarada de la percepción de la realidad, los pueblos han dejado de ser uniones de ciudadanos libres para convertirse en conjuntos de consumidores. La democracia, para serlo realmente, necesita personas informadas, capaces de tener un criterio propio y lo suficientemente audaces como para cambiar de opinión cuando las circunstancias demuestran que esto es lo más sensato. Un sistema democrático exige de sus miembros aplicar los valores de igualdad, libertad y solidaridad a su actuación diaria, pero esto entra en contradicción con los intereses corporativos, para los que la supervivencia de la corporación es el objetivo único al que se subordinan los medios y, peor aún, ante el que se humillan los principios.

El caso del referéndum británico no es una anomalía, sino un síntoma: desde hace ya mucho tiempo, se nos ha transmitido el mensaje de que en la bonanza somos libres y, en la adversidad, súbditos sometidos al albur de una fuerza oscura e indefinida llamada genéricamente “Bruselas” o “Unión Europea”. Esa fuerza oscura nos impone el sufrimiento, según ese discurso, para expiar nuestros pecados y sacrificar nuestras vidas en el altar del dios Capital. Hoy, las masas no se mueven al grito cruzado de Dios lo quiere, sino que se aquietan y someten al simple los mercados lo piden. Cambia el Dios, pero el mensaje mantiene su esencia.

Pongámonos en el caso de alguien que ha perdido propiedades, trabajo, derechos y futuro y a quien se le ha dicho que la culpa es de “Bruselas”… ¿No reaccionaría contra “Bruselas” a la más pequeña oportunidad que se le diera? Su voto sería formalmente racional porque es un voto que busca librarse de la tiranía, de las imposiciones, de las fuerzas de la oscuridad. El problema es que, ante esos sentimientos fuertes, el discurso de lo realizable no tiene nada que hacer: las urnas se llenan a golpe de pasiones, no de razones, cifras o proyecciones macroeconómicas.

Así se entiende que se extienda por nuestro tecnificado e inculto Primer Mundo un discurso simple que identifica enemigos indefinidos y propone un relato de salvación y de redención. Si el Paraíso está escrito en nuestra papeleta de voto, ¿quién no querría acelerar su llegada? Llegamos a la gran paradoja de que quienes nos oprimen le echan la culpa a seres nebulosos, quienes nos perjudican para aumentar su propio beneficio nos acusan de haber vivido por encima de nuestras posibilidades y quienes necesitan nuestro sufrimiento para obtener nuestra obediencia se presentan como los adalides de la libertad que nos han robado. Y vamos y nos lo tragamos.

Las consignas y los prejuicios inundan la logosfera, el pensamiento crítico se ahoga en el océano del consumo de mensajes electorales y una masa humana formada por el sistema educativo para buscar el beneficio individual (“tú estudia algo en lo que haya trabajo”) y moldeada por el sistema comunicativo para desahogar su insatisfacción en la telebasura y en el negocio de la actividad deportiva se queda indefensa ante mensajes que no puede contrarrestar por falta de medios de formación intelectual y de ganas de moverse.

Transformada la democracia en tecnocracia y el derecho de voto en libre elección de mensajes de consumo electoral, los populismos buscan apropiarse de la libertad y conseguir que una masa dispersa elija libremente ponerse en manos de una élite que la necesita al menos tanto como la desprecia.

El Brexit marca el camino: atentos a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.