(Una respuesta que El País amablemente declinó publicar por exceso de originales en cola)

Leo en El País del 27 de diciembre un artículo escrito por Milagros Pérez Oliva en el que, con el título de “Demasiados filólogos, pocos ingenieros”, se hace mención de un estudio de inserción laboral del Instituto Nacional de Estadística. Según la autora, que no remite al estudio, sino a una noticia sobre él publicada en El País del día 22 de diciembre, existe “un problema crónico de la estructura universitaria española: la falta de adecuación de las titulaciones a las necesidades del mercado laboral” y, concretamente, “hay muchos más títulos humanísticos de los que se necesitan, y menos ingenierías de las que la estructura económica podría absorber”.

Una detenida consideración de lo que la autora redacta nos indica, ya de entrada, que la fuente utilizada para sus reflexiones es el mencionado artículo del día 22 de diciembre y no el estudio del INE. ¿Cómo podemos llegar a esta conclusión? No es difícil: sólo hay que utilizar una simple técnica filológica (conocimiento inútil, según Pérez Oliva) y comprobar la parte final de la susodicha noticia. Se le pregunta a Florentino Felgueroso, “investigador de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada” cómo interpreta los datos del estudio y se afirma: “Este especialista recomienda a los futuros universitarios consultar el trabajo del INE antes de tomar una decisión vital para sus vidas. Deben saber que puedes empezar como filólogo y acabar de otra cosa. No significa que lo que aprendes no sea útil, pero debes valorarlo antes de decidir”.

Establecida la falta de rigor en el uso de las fuentes documentales, queda analizar qué se dice de las carreras de Artes y Humanidades y cómo interpretarlo, ya que tanto el análisis como la interpretación de los textos son, al fin y al cabo, disciplinas propias de la Filología. Por lo pronto, cuando la autora dice que las Letras tienen la mayor tasa de paro, un 28%, no relaciona esos porcentajes con el total de titulados. Así, resulta que, de los casi 105000 titulados en Ciencias Sociales y Jurídicas que estima el INE, habría unos 21400 parados; de los 44450 de Ingeniería y Arquitectura, habría unos 6845 sin trabajo; en Artes y Humanidades, estarían desempleados unos 3711 de los 13253 titulados. ¿Qué problema es mayor, menos de 4000 parados en Artes y Humanidades o casi 7000 en las Ingenierías? Tales sesgos de interpretación parecen más bien propios de estudiante de primer curso.
Si profundizamos algo más en los datos del estudio del INE, vemos que, entre las titulaciones con menores tasas de empleo, no sólo aparecen Filología Francesa y Bellas Artes, sino también Navegación marítima, Ingeniería Técnica de Minas, Ingeniería geológica, Ingeniería Técnica Forestal, Biología o Ciencias Ambientales. Nuevamente, es evidente que faltan ingenieros y sobran filólogos, ¿verdad?

Para el progreso de una sociedad, no sobra nadie y tan necesarios son los ingenieros como los médicos, los juristas, los profesores o los humanistas. La utilidad de un título no se mide sólo por las tasas de empleo en un país con un 25% de paro, sino por la capacidad de ayudar en la formación de ciudadanos responsables y dotados de sentido crítico de la realidad.

Cuando acudimos al estudio del INE y vemos cuáles son las profesiones con más trabajadores en el extranjero, nos encontramos las Ingenierías que la autora dice que son las de mayor futuro, verbigracia, Ingeniería Informática, Ingeniería de Telecomunicación o Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Ya que concluye ex nihilo (es latín, significa “de la nada”, “sin base”) la necesidad de formar más ingenieros en nuestro sistema universitario español, deberemos concluir que, en realidad, está defendiendo la autora que debemos formar más trabajadores que apliquen sus conocimientos, obtenidos con nuestros impuestos, al servicio de las economías de otros países. Fantástico análisis de la realidad e inmejorable propuesta de adaptación a las circunstancias actuales, sin duda: usemos nuestro dinero en darle estudios a la gente para que pueda emigrar en mejores condiciones. ¿No es esto un fraude social mayor que el de no haber reformado los títulos universitarios?

Habla también la autora de ajustar los títulos universitarios al mercado de trabajo (pensemos que se refiere al español), pero deja de lado, seguramente por la necesaria restricción de espacio de su artículo, que un Grado necesita más de un año para ser implantado y más de cinco para tener a la primera promoción en condiciones de intentar buscar un puesto de trabajo. Si lo combinamos con el tiempo que pasan en paro los recién titulados, nos está diciendo que deberíamos reformar las enseñanzas universitarias sabiendo a ciencia cierta lo que va a ocurrir dentro de unos diez años. Hay que agradecer su confianza en la capacidad de las Universidades para adelantarse a los acontecimientos, pero convendría no considerarnos prescientes, ya que nuestros titulados, los que toman las decisiones en los niveles políticos y económicos, han demostrado no serlo tampoco.
Otro dato que parece estar dejando de lado la autora es el constante, progresivo y sistemático acoso y derribo al que las Humanidades están siendo sometidas desde distintas instancias gubernativas, que están, por poner un ejemplo, haciendo disminuir las ofertas de trabajo público por activa (menos plazas convocadas) y por pasiva (más estudiantes por aula). Súmesele a esto el cotidiano mensaje de la inutilidad de las Letras y tendremos una conclusión bastante certera de qué subyace a este tipo de escritos: primero se dice inútil la profesión, luego se cercenan sus perspectivas laborales y, finalmente, se decreta demostrada su inutilidad. Estas circularidades no son aceptables en ningún trabajo de investigación mínimamente serio.

Una afirmación que debe ser también rebatida es la que hace cuando afirma que existen más títulos humanísticos de los que se necesitan y menos ingenierías de las que la estructura económica podría absorber, y achaca esto a que: “fuertes intereses corporativos lo impiden”. Temo que confunde los títulos con los titulados y a éstos con las oportunidades de trabajo. Ya más arriba se ha visto que hay ingenierías situadas entre los títulos con menores tasas de empleo, luego sus conclusiones son erróneas. En cuanto a lo de los intereses corporativos, quizá convendría recordarle a la autora que no son precisamente las titulaciones de Humanidades las que cuentan con los Colegios Profesionales más fuertes y activos. De hecho, durante las reuniones mantenidas para la elaboración del Libro Blanco de las Filologías (en las que no recuerdo haber coincidido con ella, por cierto) no tuve constancia de ningún tipo de presión del Colegio de Licenciados y Doctores en Filología y Letras, sino discusiones acerca de si proponer Grados distintos en Filología o uno sólo y sobre la conveniencia o no de que los Grados filológicos fueran de tres o de cuatro años.

¿Qué criterio de utilidad está, pues, usando la autora? Juguemos, como ella, a torturar los datos para que confiesen lo que necesitamos: si es el número de parados, las Humanidades tienen una cifra baja; si es el retorno económico, las Humanidades tienen a sus trabajadores en España, que es la que les paga los estudios. Parece que estuviera poniendo en práctica la vieja receta para garantizar que la flecha acierta en el blanco: lanzarla primero y luego pintar la diana alrededor. Sin embargo, eso es una trampa desde el punto de vista de la lógica, una disciplina que, por cierto, también se enseña en las Humanidades.

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