En el calor de la campaña electoral, un candidato vio a su alcance la Presidencia del Gobierno.

Pensando que ya la tenía en el bolsillo, hizo varias declaraciones buscando el voto de los partidarios de su rival, pero la Presidencia se le alejó.

— “Tengo que intentarlo con más fuerzas” –se dijo– e hizo unas declaraciones más radicales, pero la Presidencia se le alejó.

Viendo que con sus palabras no se saltaba las intenciones de voto, intentó recuperar su discurso original, pero sus propios votantes se le alejaron.

Frustrado, confuso y deprimido, pensó el candidato:

— “¿Y quién quiere ser Presidente? Tampoco apoyaré un Gobierno presidido por ese otro”.

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