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Stultitiæ Laus

El defecto de un orador, si alguien llega a darse cuenta de él, parece ser el defecto de ser estúpido, pues la estupidez no tiene disculpa desde el momento en que nadie parece haberse comportado estúpidamente por ignorancia o por propia voluntad. Y más grave es la consideración que de esto se tiene cuando hablamos en público, pues siempre que hablamos en público se nos juzga.

Cic. de or. I, 27, 124-125 ed. Wilkins

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