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William-Adolphe Bouguereau [Public domain], via Wikimedia Commons

Siempre me ha llamado la atención la práctica de las sortes Vergilianæ, una especie de ritual de adivinación mediante libros (bibliomancia) que utilizaba los textos de la Eneida para intentar predecir el futuro. No voy a hacer predicciones, que para hacerlas, equivocarse y no ponerse de acuerdo en los motivos de ese error ya están los economistas. No, nada de predicciones. Prefiero, sencillamente, dejar que una lectura al azar me lleve a alguna reflexión personal.

Recuerdo, y no hace tanto de aquello, cuando nuestro mundo tenía por objetivo final la sociedad del entretenimiento, la cultura del ocio, un estado de bienestar. Eran tiempos en los que nos hablaban del fin de la Historia de la derrota final de los últimos enemigos que se oponían a la marcha triunfal del Capitalismo hacia la consumación de los tiempos. ¿Y tú, lo recuerdas?

Se nos abrían los ojos como platos contemplando la caída del muro de Berlín, la revolución de Solidaridad en Polonia, la perestroika, la glasnost, la ejecución de Ceaucescu, el mapa de la Unión Soviética dibujado en el cráneo de Gorbachov. Eran los tiempos del optimismo, de la confianza en el futuro, de la promesa todavía extravagante de una aldea global conectada mediante una red de algo que nos sonaba a ciencia-ficción: los ordenadores. Vivíamos, o nos lo hicieron creer, como Títiro, el pastor que comienza la Bucólica primera de Virgilio cantando (Verg. egl. I, 7-8) a aquella bienaventurada forma de existencia:

¡Ah, Melibeo! Este relajo es regalo de algún dios,
y bien que para mí siempre lo será…

También ellos habían conocido la desgracia, el sufrimiento y la partida el alejamiento, la comparación y un cierto punto de envidia (Verg. egl. I, 3-5):

…nos patriæ finis et dulcia linquimus arva,
nos patriam fugimus; tu, Tityre, lentus in umbra
formosam resonare doces Amaryllida silvas

…atrás dejamos las lindes de la patria y sus dulces campos,
atrás dejamos la patria en nuestra huida; tú, Títiro, tranquilo, a la sombra,
enseñas a los bosques a cantar con su eco a la hermosa Amarilis.

Melibeo, un pastor que ha tenido que dejar su tierra, se encuentra con Títiro, otro pastor que probablemente hace lo que Títiro antes: nada, sólo cantar en medio del bosque. En latín, el término positivo, el que designa las cosas por sí mismas, es otium, no tanto el no hacer nada como el no hacer nada que no apetezca o que deba forzosamente ser productivo. Tan es así que al otium, ese dolce far niente de Títiro, se le opone el no-ocio, el nec-otium, el negocio. Es el ideal de vida, el ocio, el poder desarrollarse uno libremente sin preocuparse por el mañana. Es el ocio, ese tesoro que sólo se valora cuando, como Melibeo, lo obtenenemos o lo contemplamos como cosa ajena. El ocio, el ocio, el ocio, ese ocio del que, pese a todo, decía Catulo trasladando al latín un hermoso poema de amor de Safó y desacralizándola al arruinar en cuatro versos todo el efecto amoroso (Cat. 51, 13-16):

otium, Catulle, tibi molestum est:
otio exsultas nimiumque gestis:
otium et reges prius et beatas
perdidit urbes

el ocio, Catulo, te incordia; con el ocio te revolucionas y demasiado lo buscas; el ocio, sí, que otrora reyes y prósperas ciudades destruyó

¿Recuerdas? Pensábamos que era un regalo, no ya de los dioses, sino de la Historia, haber llegado a la civilización del ocio. Creímos que el dios Mercado era bueno, bondadoso y salvífico, que merecía su altar estar para siempre empapado con la sangre de un corderillo de nuestra majada (Verg. egl. I, 7-8):

…illius aram
saepe tener nostris ab ovilibus imbuet agnus

Sólo se nos escapó un detalle: aquel dios no nos había regalado el ocio. Nos había encerrado en el corral de nuestra autosuficiencia para, llegado el momento, irnos sacrificando uno a uno.

La historia de Títiro y Melibeo, del exiliado y el aborigen, de los dos hombres que encuentran la paz del desamor entre las hojas de las hayas, no es la de un mundo feliz, sino la de cómo se construye. Son dos campesinos que hablan de sus cosas antes de retirarse a dormir. Hablan de esa “ciudad a la que llaman Roma” (“Urbem quam dicunt Romam”, Verg. egl. I, 19) y de cómo allí se fue Títiro en busca de libertad.

¿Libertad en la ciudad y esclavitud en el campo? ¿Buscaba Títiro ser libre y realizar sus sueños lejos de la vida apacible y serena de las praderas? No. Buscaba librarse del amor de Galatea (Verg. egl. I. 31-32):

namque – fatebor enim – dum me Galatea tenebat,
nec spes libertatis erat nec cura peculi

pues te confieso que mientras Galatea era mi dueña
no tenía esperanzas de libertad ni cuidado de mis dineros

Títiro deja su modo de vida para encontrar otro mejor, mas no parece que allí lo encontrara, conque volvemos a verlo en el campo, cuidando sus rebaños y cantando. Melibeo, que también conoce el dolor del desarraigo, se une a la canción de Títiro. Ambos han descubierto el ocio después de haberlo perdido y recuperado porque lo que tenían antes era simple entretenimiento.

¿Recuerdas? Nacimos ya casi en aquel ocio primigenio y nos han hecho olvidarlo. Galatea, la Bolsa, la Economía o como queramos llamarla, nos tiene absortos y alienados, nos ha hecho renunciar a nuestras esperanzas de ser libres y se ha llevado de nuestras mentes la atención a nuestros dineros. Mientras sigamos en sus brazos, ni se nos pasará por la cabeza ser nosotros, ni siquiera columbraremos el peligro de no serlo. Hemos perdido el ocio y la libertad. Viajemos a Roma para volver a casa y descansar de nuestro viaje contemplando la vida, no como algo que pasa entre acción y reacción, sino como una fuente de belleza.

Te llames Melibeo o te llames Winston Smith, recuerda que, al final, la recompensa de tu libertad es saber el motivo de lo que ocurre (Verg. georg. II, 490):

Felix qui potuit rerum cognoscere causas

Feliz quien pudo conocer las causas de las cosas

Saber quién eres, qué haces en el mundo y adónde dirigirte para descansar ahora que (Verg. egl. I, 82-83):

et iam summa procul villarum culmina fumant
maioresque cadunt altis de montibus umbrae

ya en lo alto de los cortijos se alza el humo
y, cada vez mayores, de lo alto de los montes caen las sombras

No harás el camino en solitario si sigues la senda que los clásicos ya pisaron.

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