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20121207-204653.jpgSi es cierta la tesis que sostiene Naomi Klein en La doctrina del shock y en otros trabajos suyos, parece que existe una clara voluntad de conseguir que los ciudadanos nos desesperemos. No sería un movimiento sádico y gratuito, sino una manera de conseguir la aquiescencia de la población ante una serie de decisiones de gobierno que, en otros tiempos, nos habrían hecho lanzarnos a tomar La Bastilla.

Tenemos que aceptar quedarnos sin hospitales públicos porque no hay dinero para pagar las pensiones. Tenemos que aceptar quedarnos sin paga extra de Navidad porque así no nos iremos al paro. Tenemos que aceptar que nos metan la mano en el bolsillo para pagar las deudas de la Banca para que haya menos desahucios. Tenemos que quedarnos en casa y no protestar para que no sufra la imagen exterior de la Marca España y los Mercados sigan invirtiendo dinero en nuestros Bonos del Tesoro. Tenemos que aceptar que se cierren centros universitarios por si alguna vez pasa lo que parece que va a pasar, aunque no se diga qué es. Tenemos que obedecer y creer con todas nuestras fuerzas en las virtudes providentes de nuestro glorioso líder para que los extranjeros no nos coman. Tenemos que aceptar que el sistema educativo se vaya por el desagüe, no vaya a ser que llegue el día en el que no tengamos ya ni sistema educativo.

20121207-204041.jpgEl sistema es tan simple como sofisticado: se trata de ir constantemente amenazando con funestas consecuencias a la vez que se hacen recortes, se prima a los poderosos o se persigue a quienes no podemos defendernos. Como cuando se adoctrinaba a la gente asustándola con las penas y tormentos eternos de Infierno, destinados a quienes no siguieran fielmente la Ley de Dios. No parece casual que esta doctrina del shock haya salido de entornos fundamentalistas cristianos…

Por mi parte, creo que es nuestra obligación moral recuperar la conciencia del intelectual y liberarla de la servidumbre de los pagos y las obediencias. Debemos denunciar todo esto y, a la vez, demostrar que hay una fuente de pensamiento magnífica a la que podemos acudir cuando nos encontramos desconcertados: los clásicos.

20121207-204805.jpgEl valor de los clásicos es múltiple: nos enseñan, nos hacen disfrutar, nos hacen llorar, nos hacen pensar, nos ayudan a encarar la vida con una perspectiva diferente: la de la certeza de que no estamos solos en la Historia. Antes ya se han visto situaciones como la actual y peores, y se ha intentado elaborar una respuesta a todo ello. Esa respuesta ha viajado a lo largo de los siglos y sigue teniendo una validez. La validez de saber que nuestros tiempos no son excepcionales ni el preludio del Armagedón, sino otro episodio más de nuestro viaje como especie en esta nave que llamamos planeta Tierra.

Necesitan ponernos nerviosos, quitarnos la serenidad y dominarnos a través del miedo a lo desconocido. Rebelémonos de una manera muy simple, negándonos a aceptar su juego e interiorizar sus consignas. Transmitamos a quienes tenemos cerca que hay una forma de sobrevivir a este ataque despiadado de los bárbaros que se arremolinan a la puerta de nuestra casa.
Fíjense lo que escribió el poeta Horacio (Odas, II, 3) hace ya más de dos mil años:

Æquam memento rebus in arduis servare mentem.

En la adversidad, recuerda mantener tranquila tu mente.

Exacto. Eso es lo que necesitamos: tranquilidad, distancia, recordar que hay que respirar hondo y no dejarse llevar por el primer fantasma de perdición que se nos aparezca.

Sin duda, estudiar y enseñar a los clásicos es, hoy en día, un gesto de rebeldía y un gallardo servicio a la sociedad.

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