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Cuenta un mito griego que había en el Ática (o en Eleusis, que no está tan claro) un forajido llamado Procusto. Según la leyenda, el mozo, que debía de estar de bastante buen ver, le ofrecía a los viajeros su casa para pasar la noche y algo más, ya me entienden. Una vez allí, y con la promesa de una noche de ardorosos arrumacos, los conducía a un lecho de hierro, los desnudaba y les ataba cada extremidad a una esquina.

Imaginen al viajero tembloroso, con una leve gota de sudor impregnando el belfo, llena su mente de la promesa de placeres ininterrumpidos. Imaginen a Procusto acercándose al viajero y cortándole las extremidades a hachazo limpio hasta que encajara perfectamente en aquella cama, o bien estirándolos sin piedad hasta que su tamaño y el del catre coincidieran. Los criminales cuyo recuerdo nos ha llegado a través de los tiempos eran especialmente sañudos, casi tanto como Hannibal Lecter. Nadie se salvaba de aquella muerte horrible, tanto más horrible cuanto mayor la expectativa del futuro placer, tanto más inevitable por cuanto que nadie encajaba nunca a la perfección en aquella cama. Finalmente, fue el héroe Jasón, discípulo del centauro Quirón, el que, primero, sedujo a Procusto; después, lo convenció para ocupar la cama y, acto seguido, lo despedazó. Es la imagen que aquí puedes ver.

Los ciudadanos de esta moderna sociedad de la información nos encontramos muchas veces enfrentados al moderno Procusto, que ya no es un macizo posadero griego, sino la promesa de un mundo mejor. Nos dicen que el sistema nos hará libres; nos introducen en un entramado de informatización, equipos, redes y programas que, con su rapidez, su brillo y los colorines de la pantalla, nos ofrece la perspectiva del solaz y el goce de la breve y gratuita coyunda. Fuerte es el espíritu, débil la carne. Aceptamos, nos echamos en el lecho, temblamos de emoción mientras nos amarran a las esquinas de la cama y…

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Jasón dando muerte a Procusto

En mi entorno próximo, la Universidad, como en muchos otros de aquí y de medio mundo, luchamos denodadamente contra herramientas informáticas que no hacen lo que necesitamos. Nos enfadamos cuando aparecen mensajes de ayuda sin sentido. Nos frustramos cuando las cosas más sencillas del mundo se convierten en las más complicadas. Cuando protestamos, cuando pedimos que los procesos sean de otra manera, cuando señalamos que el camino trazado por la aplicación informática es innecesariamente complejo y no permite llegar a los resultados deseados, nos encontramos con la respuesta definitiva, la tautología perfecta, la madre de todas las aporías: no se puede hacer eso en el sistema porque el sistema no lo permite.

De esta manera, algo tan útil como, por ejemplo, diseñar contenidos para que los estudiantes puedan aprender más, mejor y a distancia, se convierte en una serie de trabajos de Hércules, con misiones a cada cuál más peliaguda y con el riesgo constante del fracaso o la decepción. Llegas lleno de buenas ideas, mejores intenciones e impecables proyectos de innovación pedagógica (sea lo que sea eso). Te dicen que debes usar la plataforma tal porque es la mejor, lo que significa que es la que tu Universidad ha decidido adoptar sin preguntarte si te sirve para lo que tienes que enseñar. Te pones manos a la obra… y ves que sólo puedes hacer la mitad de la mitad de lo que te gustaría. Preguntas si no se pueden hacer otras cosas, pero no te queda más remedio que amoldarte al sistema y resignarte a que te mutilen los sobrantes. No puedes escapar. No puedes volver sobre tus pasos. No puedes seguir tu camino. Atado de pies y manos, tu única opción es ver cómo cercenan tu iniciativa para amoldarla a criterios diseñados al margen de ti y de tus estudiantes por quienes desconocen cómo se hace tu trabajo.

Bienvenidos al lecho de ProcusTIC. ¿Alguien ha visto a Jasón por ahí?

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