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¿Y ahora, qué?

[Artículo publicado en el Diario de Almería el 06/04/2012. Aquí, más visual y con enlaces]

Retirar el nombre de Rafael Alberti de la fachada del Teatro de Huércal-Overa me parece propio de mentecato; que quien ha dado esa orden se parapete en cuestiones de procedimiento se me antoja cobardía. ¿Fastidia a un concejal tener el nombre de un comunista en su fachada? Dígalo así. ¿Quiere ponerse en facha de renovación cultural? No se esconda. ¿Columbra que puedan molestarse en El Puerto de Santa María, patria chica también de Pedro Muñoz Seca y actualmente regida por el Partido Popular? Razón tendrá.

Si la eliminación del nombre viniera realmente motivada por un criterio técnico, se habría hecho abriendo primero un periodo de sugerencias, o proponiendo otro nombre diferente. No ha sido así, luego sólo puede colegirse que cualquier nombre, incluso ningún nombre, era mejor a ojos del ilustre concejal de Cultura de Huércal-Overa que el de Rafael Alberti. Muchas veces, lo que no se dice es más elocuente que lo que se proclama. Y aquí, aunque la lengua dice que “el nombre no vende”, en realidad se proclama que el del poeta del Puerto de Santa María es un nombre que molesta, enfada o sobra.

El que no vende

Que un teatro lleve el nombre de un dramaturgo no es desdoro; que un teatro andaluz lleve el nombre de un dramaturgo andaluz no es agresión; que se le otorgue al Teatro de Huércal-Overa el nombre de Rafael Alberti no es deshonor. Lo que deshonra al municipio es la actitud de una persona que se escuda en argumentos peregrinos para no decir que un comunista (parece que los premios y reconocimientos que cosechó Alberti como escritor y dramaturgo no se consideran bastantes) no puede estar en la fachada de un Teatro Municipal.

Me preocupa, como profesional que soy de las Letras, que el ámbito cultural sea una de esas tareas de gestión que se le encargan a un cualquiera sin entrar a conocer sus merecimientos. Se nombra responsables de instituciones investigadoras a quienes no poseen título de Doctor; se pone al frente de instituciones de gestión de la cultura y la educación a quien no crea ni forma; se parte de la base de que un cualquiera puede tomar decisiones en estos ámbitos. De este modo, la tropa de los gestores, me temo, no deja prisioneros.

La cultura no es un negocio (aunque lo favorece), ni es una empresa (aunque las hay de base cultural), ni puede ser un lugar en el que colocar al que hay que dar un cargo. La cultura es la manifestación de un pueblo, su seña de identidad, el lugar en el que las personas se tienden la mano y se miran a los ojos porque conocen su herencia común y se reconocen como miembros del género humano por encima de sus convicciones políticas. Es algo demasiado importante como para encargárselo a un cualquiera.

Soy filólogo, Doctor en Filología y profesor de ese Departamento, ejerzo de Decano de una Facultad de Humanidades, y me confieso colaborador necesario en la organización de actividades dedicadas al estudio y el fomento de la Literatura. Con todo esto en mis alforjas, afirmo que eliminar de cualquier espacio cultural el nombre de un escritor, sea Alberti, García Lorca, Muñoz Seca o Pemán, no es baladí, ni neutral, ni admisible. Es una afrenta a las letras españolas proferida por alguien que parece tener las justas.

Seguro que el Concejal de Cultura de Huércal-Overa lo hará bien en otros ámbitos, pero igual debería plantearse el Alcalde que lo nombró dedicarlo a actividades más acordes a sus capacidades. Podría, se me ocurre, encargarlo de dirigir al equipo de operarios que vuelva a poner en su sitio el nombre de Rafael Alberti. A eso lo llamaría yo “justicia poética“.