delacroix.jpgEn el diario El País hay un artículo que merece la pena leer, aunque sólo sea para ver cómo, en tiempos de carestía, quien tiene de su parte a la autoridad acaba exprimiendo a quien tiene la necesidad. Se trata de cómo una organización de gestión de derechos de autor (no, no la SGAE, sino su prima pequeña, CEDRO), ha demandado a la Universidad Carlos III por colocar en el aula virtual artículos científicos para que los estudiantes los consulten y trabajen con ellos.

Lejos de mi intención ha estado siempre crear problemas, tanto como plegarme a las extorsiones. Mi actitud, al menos en lo que se refiere al ámbito de la política universitaria, es siempre de colaboración, incluso cuando entiendo que esa colaboración pasa por afirmar con vehemencia el desacuerdo y aceptar que la mayoría tiene la decisión legítima, aunque no coincida con ella. No siempre gana quien vence.

Sé que las Universidades se encuentran entre la espada y la pared, y por eso mismo pienso que las gentes de Letras debemos ser quienes se alcen y protesten, para que se vea que, aun en el caso de que ganaran, se demuestre que lo hacen por ser un lobby, no por tener la razón. O, como decía el bueno de Unamuno, podrán vencer, pero no convencer.

Si ahora nos achantáramos, ¿qué vendría detrás?

Para nosotros, los humanistas, el acceso a los textos es vital e insustituible, y lo que hacemos es copia privada de los materiales de trabajo (creo que sigue estando contemplado este caso en la legislación). Coartar ese acceso a nuestra producción científica es mermar la formación de nuestros estudiantes y dificultar aún más una tarea que cada vez ahogan con mayor intensidad las autoridades de la política de investigación con la falta de subvenciones.

Imaginemos que, como trabajo con textos del siglo XVI, copio un capítulo, lo subo al Aula Virtual, mis estudiantes lo manejan para su trabajo y CEDRO nos demanda. ¿Qué derechos de autor infrinjo? ¿Unos que tienen más de cuatrocientos años de antigüedad? Y no hablemos ya de, por ejemplo, la Ilíada, posiblemente redactada hacia el siglo VIII aC…

Es lógico proteger los derechos de la creación literaria, y nunca defendería que se fotocopie, por ejemplo, ni una página de un libro de poemas, aunque fuera de Antonio Gala. Pero un capítulo de libro o un artículo escolares son cosa distinta, máxime cuando algunos de nosotros (no podría decir cuántos) hemos decidido no ser miembros de esa “familia” que dice velar por nuestros intereses cobrando un impuesto de protección. De protección de la propiedad intelectual, por supuesto, no vayamos a pensar en otras cosas.

Si no podemos suministrar a nuestros estudiantes lo que necesitan para trabajar, ¿qué haremos? ¿Pedirles que confíen en afirmaciones basadas en el dogma? ¿Transmitirles que su pensamiento podrá ser crítico sólo en el caso de quien tenga suficientes ingresos para acceder a los textos? ¿Decirles que, aunque mis materiales no sean propiedad de CEDRO, me veo obligado a renunciar a mis derechos de autor para que velen mejor por sus intereses corporativos?

Debería ser éste el momento de demostrar que la Universidad debe ser tenida en cuenta como institución en la que el pensamiento y la formación tienen su reino. Dado que con tal desparpajo admiten que la demanda de la que se habla es una herramienta para forzar la negociación, tomar posiciones fuertes no será cuestión contraproducente, sino quizá una manera de fijar los límites mínimos de esa negociación.

El conflicto no lo crean las víctimas, sino los agresores.

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