(Viene de Retórica y política (6)

Los profesionales de las Humanidades debemos salir de los despachos y recuperarlas, pero no recurriendo a fáciles proclamas de su valor propedéutico, ni a simples afirmaciones circulares de que su valor se basa en que valen. Está claro que no vamos a señalar el papel de la formación humanística lamentándonos por el tiempo pasado, ni alejándonos del mundanal ruido, ni quejándonos de que se nos margine, ni limitándonos a decir que hacemos lo que nos gusta. Para bien o para mal, una sociedad lo es si sus miembros pueden aportar algo al acervo común y colaborar en su mejora, lo que significa que cada una de sus especialidades tiene la obligación moral de hacerse un hueco y ganarse el sustento proporcionando conocimientos, habilidades o destrezas que ayuden al grupo o contengan instrucciones relevantes para el desempeño de una tarea necesaria para la pervivencia o mejora del grupo mismo.

La Retórica es, en mi opinión, uno de los campos que mejor pueden proyectar y mantener vivas las Humanidades en general y las Filologías (sobre todo la clásica) en particular, pero siempre a condición de que se difunda que la creación de un buen mensaje político no se basa exclusivamente en la gestión de la imagen, la corrección articulatoria y la capacidad de venta. Esos elementos son necesarios, pero no son los únicos ni, si se me apura, los más determinantes. Es necesario recordarles a las personas que deciden dedicar una parte de sus esfuerzos a la representación política que el orador es vir bonus peritus dicendi. Por ese orden. Primero, la cualidad ética; segundo, la competencia oratoria; tercero, la ejercitación y práctica.

Cómo no recordar aquí al maestro Quintiliano cuando, haciéndose eco de una doctrina que llevaba ya tiempo circulando por el mundo romano, proclamaba (Quint. inst. 12,1,1):

Sit ergo nobis orator quem constituimus is qui a M.Catone finitur vir bonus dicendi peritus, verum, id quod et ille posuit prius et ipsa natura potius ac maius est, utique vir bonus: id non eo tantum quod, si vis illa dicendi malitiam instruxerit, nihil sit publicis privatisque rebus perniciosius eloquentia, nosque ipsi, qui pro virili parte conferre aliquid ad facultatem dicendi conati sumus, pessime mereamur de rebus humanis si latroni comparamus haec arma, non militi.

Sea, pues, el orador que diseñamos el que ya Marco Catón define como hombre bueno experto hablando en público, aunque lo que él puso por delante es más importante y fundamental que la predisposición natural, verbigracia, ser hombre bueno. Y esto porque, si la capacidad de hablar en público se pone al servicio de las malas intenciones, nada habría más dañino para la vida pública y privada que la elocuencia, y yo mismo, que intento añadirle algo a la capacidad de hablar en público como elemento propio de un hombre, mal servicio le haría a los asuntos humanos regalándole esta arma a un ladrón en vez de a un soldado.

No descubriremos nada nuevo si, en el enunciado de este programa de formación, definimos que el futuro orador, el candidatus rhetoricae (a partir de ahora, el candidato) debe ser una persona capaz, no ya de tener ideas aceptables y vocación de servicio, sino de proyectar esa misma imagen entre su auditorio. No son las intenciones lo que nos vuelve aceptables a los ojos del otro, sino los ojos del otro los que aceptan nuestras intenciones y, con ellas, a nosotros mismos. De pura lógica es, pues, la necesidad de un orador fiable, ya que es su calidad de fiable la que le va a permitir llegar a más personas con menos alardes de apoyo comunicativo.

Esa fiabilidad puede, y debe, construirse gracias a las ayudas que las modernas técnicas de apoyo prestan. No es pensable, en nuestra compleja sociedad de la imagen, en que una sola persona se pueda encargar de la gestión de todos los aspectos implicados en la difusión de la imagen y el mensaje; los equipos de trabajo son imprescindibles siempre a condición de que estén al servicio del candidato, y no al contrario. Los estudios de mercado, las técnicas de venta, el diseño de imagen, la planificación de los procesos comunicativos… todo son elementos que ayudan a la persona, pero que deben ser puestos al servicio de unas convicciones que amplifican, no que inventan.

Ahora bien, justo es reconocer que el mejor equipo del mundo consigue pocos resultados estables si el candidato carece de la más mínima formación que le permita abordar la transmisión retórica con unas ciertas garantías. No se trata ya de que tenga apostura (conocemos ejemplos en todos los países que lo desmienten más que lo confirman) o buenas condiciones físicas naturales, sino de que pueda transmitir con articulación y convicción lo que se quiere transmitir. Para eso, el candidato debe conocer el terreno de juego de los géneros retóricos, las finalidades, la estructura del discurso… Por mucho que se le preparen las cosas y se le de hecho el trabajo, llega un momento en el que todos tenemos que ponernos a nosotros mismos en juego, lo que implica demostrar algo más que la capacidad de seguir las pautas marcadas por otros. Implica, entre otras cosas, hacer ver que se tiene una mente estructurada.

Para este componente, la instrucción de la técnica retórica es fundamental, ya que ayuda a secuenciar los contenidos de manera eficaz y, por ello mismo, convincente. Suele ocurrir que el ciudadano, cuando percibe la actuación de una herramienta como la Retórica, a la que le confiere poderes casi taumatúrgicos, tiende a ponerse en guardia y desconfiar. Es una reacción natural debida a la necesidad de no sentirse agredido o violentado por el uso de un elemento que desconoce. Así, podemos pensar que uno de los motivos del creciente desapego de la ciudadanía respecto de sus representantes políticos es la identificación de patrones de comunicación iguales e independientes del emisor o, en otras palabras, que todos dicen lo mismo e igual. La uniformidad lleva a la presunción de un discurso articulado ajeno al orador, lo que hace disminuir la fiabilidad de éste (hace pasar por suyo un enunciado ajeno) y, en general, la calidad persuasiva de la palabra política, ya que se convierte en pura psicagogía aplicada. Nadie quiere ser convencido si no es de aquello con lo que ya está de acuerdo.

Una cosa que aprendemos del programa formativo de la Retórica, pues no de otra cosa hablamos cuando a esta disciplina nos referimos, es que no hay aprendizaje (rhetorica facultas) sin teoría, ni teoría que valga de nada si no va acompañada del refuerzo de una práctica constante, crítica y autocrítica. En los programas de formación de oradores que actualmente vemos surgir por distintos sitios, se percibe el esfuerzo de intentar adecuar un tiempo limitado a un presupuesto ajustado y a unos resultados inmediatos y mensurables. La conjunción de los tres elementos lleva con rapidez a desechar la teoría por improcedente o innecesaria y a centrarse en la producción de una serie de destrezas que, por falta del suficiente sustrato reflexivo, se convierten en lo más parecido que hay a una coreografía ensayada hasta la extenuación por un bailarín al que se le dice qué hacer, pero no cómo acuñar movimientos nuevos.

No defiendo con esto la procedencia de una enseñanza en la que la teoría prime sobre la práctica (no si el objetivo es formar oradores), sino la necesidad de que el orador en formación conozca de dónde proceden los elementos en los que se le va instruyendo, y esto al menos por dos motivos, verbigracia, que saber el porqué le da un refuerzo al aprendizaje en forma de satisfacción, y que saber el porqué le permite seguir aprendiendo por su cuenta y analizando sus propios resultados.

Así las cosas, ¿qué práctica es la que debe desarrollar el orador? También esto se encuentra en el programa formativo de la Retórica. Deben planteársele unos ejercicios que le ayuden a desarrollar su vocabulario y su capacidad de creación sintáctica (la copia verborum et sententiarum), tanto por recepción (analizar qué hacen otros) como por producción (intentar reproducirlo y ver hasta qué punto le sirve). La disponibilidad léxica y sintáctica, combinada con un adecuado uso de los elementos de construcción y exposición del discurso, le permite ir transitando suave y continuadamente desde el status de aprendiz (candidatus rhetoricae) hasta el de maestro, no otro que el de quien parece improvisar por haber automatizado sus procesos internos.

¿Qué necesita hacer el orador en formación? Recibir, procesar y producir para que sus ideas y vocación sean valoradas por el auditorio y, si es posible, aceptadas. Si le falta el componente de recepción (exposición crítica a los discursos de los demás), carecerá de recursos; si le falta el componente de procesamiento (valoración crítica de los discursos de los demás), carecerá de capacidad de innovación y creación; si le falta el componente de producción (creación y transmisión críticas de discursos propios), carecerá de la seguiridad y el aplomo suficientes como para parecer fiable a los ojos de su auditorio.

No es fácil, desde luego. Ahora, que yo desconfiaría muy mucho de quienes se comprometan a crear un buen orador en dos horas. En ese tiempo, ni siquiera es posible conseguir que un loro pronuncie el exordio de la Catilinaria primera.