(Viene de Retórica y política (2): la desafección de la ciud…)

Visto en Nicholson Cartoons

Es importante señalar que, en el ejemplo analizado, se percibe un grado de comunidad de intereses y objetivos entre los emisores del mensaje político y sus receptores, muy probablemente mejorado por el hecho de que ambos van intercambiando papeles o, si lo preferimos, por la existencia de una comunicación bidireccional que implica al receptor y que, en cierta medida, condiciona al emisor. Buena parte de esto radica en que se establece una nueva delimitación del ἔθος del orador, lo que allana el camino para la transmisión de mensajes nuevos. Podríamos decir que se trata de una cuestión ética o, si preferimos diferenciar el término para referirnos a elementos de percepción e imagen más que al comportamiento, hablaremos de una cuestión éthica.

No resultará novedoso afirmar que, incluso antes de comenzar la transmisión real de una voluntad de comunicación, existen unos elementos ambientales que la condicionan. El horizonte de expectativas del auditorio nos permite ver cuáles son los valores y objetivos que un grupo comparte, pero también cómo percibe la existencia o no de esos valores y objetivos compartidos en la figura del orador. Nada une más a un grupo que una amenaza común o una común expectativa de futuro, arriba lo dijimos, y nada le confiere mayor grado de credibilidad a las tesis de un orador que el ser percibido como voz cualificada de ese grupo. Cualificada, sí, pero parte de la colectividad.

Cuando se comparte y encarna el sistema de valores y los objetivos, y se es capaz de plantear propuestas de futuro que surgen, o parecen surgir, de ese grupo, a ese orador se le transfieren las cualidades de aceptación y de deseabilidad que caracterizan a las creencias y expectativas del grupo mismo. En un sistema que busca la participación y la aceptación, ese orador cualificado se convierte en un líder social, tanto más influyente cuando mejor se le entienda como imbuido de los mismos principios y fines que el grupo que deposita en él su confianza. Se trata de un comportamiento que sitúa la mayor parte de los mensajes, o los más importantes al menos, en las coordenadas de un genus deliberativum (propuestas de futuro) que, por su nivel de credibilidad, es también genus honestum. Podríamos decir que se produce un acuerdo, tácito o explícito, de colaboración social en pos de la consecución de un bien extendido, deseable y alcanzable. Los grandes momentos de la gran política responden, en nuestra sociedad, al predominio del discurso deliberativo, que une a oradores y auditorio.

Lo entendió Kennedy en los Estados Unidos al lanzar los programas de igualdad racial y de conquista del espacio al hilo de la recuperación del ideal cívico de la preponderancia de la sociedad sobre el individuo (“No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”) y de la recuperación de un ideal democrático seriamente erosionado por la caza de brujas de unos años antes. Es un discurso que, aun buscando los objetivos del genus demonstrativum (crear grupo), parte de ellos para construir una alternativa deseable de futuro, un claro genus deliberativum que proyectó la amenaza rusa, no hacia el miedo al enemigo invisible y omnipresente, sino hacia el objetivo de derrotarlo demostrando la propia superioridad. Se enmascararon muchas cosas, pero la estrategia de comunicación funcionó y, con el catasterismo violento de los dos hermanos Kennedy, surgió un icono que iba a ser recuperado por Bill Clinton (“Es la economía, estúpido”) y por Barack Obama (“Sí, podemos”). La proyección del ἔθος del primero de aquellos gobernantes creó un sistema de valores y expectativas que equiparaba al Partido Demócrata con el pueblo y al Republicano con las selectas minorías de Harvard y Yale, aristocráticas, inaccesibles, tecnocráticas. La percepción no era cierta, pero sigue funcionando.

Mañana, más.