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20110810-082026.jpgPara mí, acudir al Festival de Teatro de Mérida es como una peregrinación religiosa, una purificación del espíritu y una recuperación de mis raíces intelectuales. Da igual el calor, la distancia, la hora… Mérida es el comienzo de las vacaciones. Que no es poco.

Este año, cuando fui a reservar entradas, me encontré con algo que se veía venir: un espectacular recorte del número de espectáculos. La crisis tiene estas cosas: cuando otros se comen el dinero público, las inversiones en cultura son la primera víctima. No defiendo la platónica República de los Sabios, pero a veces entran ganas, la verdad.

Sea como fuere, miré la programación y encontré tres Antígonas y Las Asambleístas. En fin, me dije, todo sea por Mérida.

20110810-081203.jpgAl llegar, me encontré inmerso en una absurda polémica sobre si una foto de un actor con el Cristo de Velázquez cubriendo sus partes αιδοια debía o no ser retirada de la exposición Camerinos, que complementaba el Festival cubriendo la ciudad con imágenes de famosos actores a punto de salir a escena. Absurda polémica que escondía, en realidad, las discrepancias entre Blanca Portillo, la Directora nombrada por el anterior gobierno extremeño, y los nuevos responsables.

Tengo para mí que la cuestión no estaba ahí. El debate era banal y se tenía que haber centrado en otras cosas más importantes. En la programación, por ejemplo, que más parecía un ciclo temático que un Festival.

La decisión de llevar a escena tres Antígonas y Las Asambleístas me parece un error desde varios puntos de vista. Para empezar, es todo demasiado militante. Quienes me conocen saben que soy convencido defensor de la causa feminista, cosa que me permite decir que la muestra andaba demasiado sesgada. Tanto que más parecía un mítin que un repertorio teatral.

En segundo lugar, la aparición de tres versiones de Antígona (odio las dramaturgias, por cierto) y de Las Asambleístas proyecta la errónea idea de que no hay teatro clásico más allá del ateniense. Crasa barbaridad que cercena muchas posibilidades y que priva a Mérida de albergar obras escritas en latín, la lengua de sus fundadores. Hay tragedias latinas, sí, y hay comedias latinas. Salvo casos extemporáneos, los romanos se sentían igual de felices en un espectáculo a la griega o en uno a la romana, conque no es necesario elegir de esta manera salvo que, como me temo, quien elige no tenga mucha idea de qué se representaba por entonces.

En tercer lugar, la elección de Las Asambleístas, aun respondiendo a un montaje notablemente bueno, es discutible, ya que se trata de una comedia militante que, so capa de criticar a los varones y su irracional comportamiento político, propone una situación (las mujeres gobernando Atenas) que el autor no sabe o no quiere solucionar y queda inconclusa. Desde el punto de vista dramático, es una Comedia muy floja que sólo se sostiene desde la perspectiva de un feminismo más trasnochado que razonable.

A todo esto se le une la pena que sentí al ver el espléndido teatro romano de Mérida a media entrada. La crisis, podríamos pensar, o la falta de previsión de una organización que debería haber hecho el esfuerzo de bajar algo el precio de las entradas para, al menos, garantizar una afluencia mayor de público. La cultura no es un lujo, sino una inversión en el bienestar del pueblo, conque debe estar siempre con un ojo puesto en las personas.

Volveré a Mérida. Lo necesito. Pero tengo la esperanza de que Blanca Portillo cumpla su palabra y, para el año próximo, otra persona con mejor criterio dirija el Festival.

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