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Cuando vemos un debate en la televisión, tenemos la incómoda sensación de estar asistiendo a algo así como una pelea de gallos. Dos o más personas se miran con ferocidad, conscientes de la lucha, ignorantes de que el contrario es también un ser de su misma especie, listas para revolotear y clavar sus espolones hasta que un chorro de sangre certifique la muerte del rival. Si hay público presente, se cruzan las apuestas, se contiene la respiración, se huele el miedo, se palpa la violencia…

¿De verdad es esto un debate? Pulsemos la tecla de retroceso y volvamos al principio.

¿Para qué sirve un debate? Si has respondido que para ganarlo o para derrotar al contrario, te recomiendo encarecidamente que estudies Filosofía o su hermana bastarda, Educación para la Ciudadanía. La victoria no es el objetivo, sino la consecuencia. Nunca me canso de repetir que la palabra persuasiva es una herramienta de construcción social, y que usarla para doblegar la voluntad ajena es un tipo de comunicación tan alejado de su finalidad que sólo se me ocurre llamarlo comunicación prevaricadora.

En un debate, las personas que intervienen deben recordar que hay que buscar un modelo de interpretación que le guste a quien asiste. Si hay que hablar del pasado, las explicaciones deben darnos la razón al proyectar el relato de los hechos hacia nuestra experiencia; si hay que hablar del futuro, es menester presentarlo como algo en sí mismo apetecible.

Ese “en sí mismo” que acabo de formular es una de las claves del asunto: aceptar los hechos con independencia de la persona que manda es una regla de oro de la democracia, en griego, gobierno del pueblo. Personalmente, no me satisface que los debates se centren en los dirigentes porque casi no hay distancia de los líderes providenciales a los caudillos autoritarios, despóticos, totalidarios, fascistas. Ya hemos visto casos así en Europa, y algunos siguen ocupando su sillón.

Si quien gobierna representa al pueblo, su voz no es la que le da instrucciones, sino la que le da forma a la voz del pueblo. Utilizar la palabra para arrastrar las voluntades privándolas de su derecho a decidir otra cosa que quién las debe dirigir no es democracia, sino demagogia, que en griego se refiere a llevar al pueblo tirando de su ronzal. Los debates entre candidatos siempre tienen el mismo mensaje: confía en mí. Y siempre el mismo corolario: o, al menos, fíate de mí más que del otro.

El debate concebido para ganar es un acto de fe en la visión de una persona; el debate concebido para exponer un plan de futuro es una reafirmación de los valores colectivos. Para buscar la victoria, se emplea una serie de técnicas de disrupción y de destrucción; para exponer un plan, las técnicas válidas son las de la argumentación. Quizá sea un fallo en nuestra programación neurolingüística, o en nuestros marcos cognitivos, o en nuestra educación, pero el hecho es que tendemos a desconfiar de quien sólo destruye; huímos de quien nos hace sentir una minoría de uno; no creemos una palabra de quienes siempre andan a la gresca; propendemos a darle la razón al último que habla.

Si son ciertas esas tendencias, podemos entender otra parte de la cuestión. Sólo hay que fijarse en los debates para ver que los intervinientes tienen una serie muy clara de objetivos. El primero de todos, no dejar que el otro hable. ¿Por qué? Porque la constante interrupción impide el desarrollo de una línea de pensamiento coherente y, en consecuencia, inhabilita la construcción de una imagen positiva.

Suelen recomendarse unas técnicas bastante sencillas para conseguirlo. Se basan en el principio fundamental del bloqueo de la comunicación con ruido de fondo o con interferencias destinadas a deteriorar la imagen de la persona que habla, bien sea impidiéndole tomar el hilo, haciéndole perder los nervios, llevándolo a pedir ayuda al moderador o haciéndole cambiar de tema. En cualquier caso, es su imagen la que se deteriora y su mensaje el que se extravía. Veamos algunas:

  1. Interrumpir al contrario si su argumentación va bien encaminada.
  2. Asaetear al contrario con preguntas que no guarden relación entre sí y provocar respuestas confusas.
  3. Forzarlo a responder preguntas relacionadas con la posición del que pregunta, no con la propia, lo que vuelve a tener el efecto de producir respuestas confusas.
  4. Tirarse el farol y proclamar que a uno le dan la razón incluso cuando se acaba de demostrar que no la tiene, con lo que se invalidan los razonamientos anteriores, ya que fuerza a la audiencia a volver a procesar la información que ha quedado en su memoria, o a aceptar la verdad de ese farol, o a dudar de su propia capacidad intelectual.

Como la finalidad es impedir que el otro tenga su oportunidad, y dado que ambas partes conocen las técnicas, la mayor parte del debate se convierte en un guirigay que sólo destruye argumentaciones y subvierte el principio democrático del respeto a la opinión ajena. La imposibilidad de proyectar un sistema de valores estable genera un espectáculo de gladiadores: puede resultar divertido, pero no es fácil darle nuestra confianza a quien sólo destruye cosas.

En los momentos en los que el moderador impone la calma, los contendientes tienen la oportunidad de transmitir su propio mensaje. Se supone que deberían recurrir a alguna de estas técnicas, aunque no son las únicas:

  1. Apelar a valores supremos, esto es, a aquellos que no se pueden negar so pena de convertirse en marginal para el sistema de valores comunes de una sociedad, y cuya invocación suele conferirle un extra de credibilidad a quien primero los trae a colación.
  2. Hacer concesiones estratégicas o, dicho de otra manera, darle la razón al otro en algún elemento que no sea especialmente comprometido y que revele que, o bien era lo que habíamos señalado, o bien era tan evidente que no hacía falta ni mencionarlo.
  3. Evitar el cuerpo a cuerpo y las cuestiones personales, ya que rompen el debate, espantan al auditorio y pueden incluso poner al auditorio a favor del atacado. Esto se extiende también a la declaración de los errores del contrario, que no deberían considerarse frutos de la mentira o de la ignorancia, sino lógicos en un punto de vista que no se comparte.
  4. Actuar con calma y recordar que el primero que pierde los nervios pierde la discusión.
  5. Actuar con asertividad, no con agresividad, transmitiendo imagen de seguridad, no de enfado.
  6. Expresarse con claridad y concisión o, en términos pragmáticos, no decir más de lo necesario ni menos de lo imprescindible, ya que muchas palabras terminan ahogando las ideas.
  7. Distinguir el auténtico tema de debate y señalarlo con exactitud.

En el mundo real, lo frecuente es, en cambio, encontrarnos con las del primer grupo, lo que provoca un nuevo momento de disrupción y enfrentamiento. Al final, todo se reduce a intentar “colocar” dos o tres mensajes muy cortos, ráfagas de información autosuficientes que buscan proyectar confianza en quien habla y desconfianza del otro.

Así, luego se mide quién ha ganado en función de quién se ha mantenido por encima o quién le ha dado al otro los golpes más espectaculares. Las valoraciones tras los debates suelen ser esperables y, de hecho, es evidente que se acuñan antes de ellos y se emiten con independencia de lo que se haya visto. Nuevamente, funciona el principio de que tendemos a creer lo último que nos llega, sobre todo si proviene de una fuente de confianza. Son las valoraciones del tipo: X ha ganado con rotundidadse nota que el proyecto de X está agotado

Es todo un espectáculo regido por una idea equivocada del márketing: se quiere obligar a consumir un paquete ideológico light, no exponer unas ideas para incitar a la reflexión. El marco cognitivo que se quiere activar es el del gregarismo (unirse a la mayoría, apartarse de la minoría) unido al de la seguridad (la confianza de la marca presupone estabilidad de esa marca y sus valores anejos hacia el futuro). Lo malo es que, o se nota demasiado la manipulación y el auditorio se retrae, o se nota que algo no cuadra y el auditorio se retrae.

No hay, pues, una utilidad real en los debates más allá de la posibilidad de demoler las expectativas de la parte contraria. El auditorio objetivo es el de quien no tiene su voto aún decidido. Las condiciones en las que se produce se sintetizan perfectamente en una frase que oí hace bien poco:

Si las posiciones están empatadas, hay debate; si uno de los partidos lleva mucha ventaja, no le interesa arriesgarse a un debate.

Al partido le aportará beneficios, o no. Ahora bien, estamos en una democracia (o no) y los ciudadanos tenemos derecho a formarnos nuestras propias opiniones (o tal vez no). Aunque a los directores de campaña les moleste creer en la libertad de criterio de los ciudadanos y prefieran tratarnos a todos como consumidores. Perdón, como votantes.