¿Quién tendrá este librillo nuevo y dulce

justo ahora de seca pómez terso?

Tú, Cornelio, que sólo tú solías

dar en ver que en mis bromas algo había.

Más, pues antes de todos has osado

nuestra historia explicar en tres tratados

doctos, Júpiter, densos, muy pensados.

Coge, pues, tan poquita cosa, un libro,

tenga o no su valor. Protege, virgen,

haz que viva, mi libro siempre entero.

Andábame preguntando hace unos días cómo traducir con mis estudiantes el poema primero de Catulo. Cada vez creo menos en la tradición filológica de la traducción obsesivamente concentrada en la exactitud aún a costa de la estética o la belleza. De acuerdo, así nos enseñaron a analizar, entender y comentar, pero no deberíamos llegar a convertirla en nuestro modo de proceder cotidiano. Conque me puse a darle vueltas a la cabeza…

Lo primero que me pregunté (dando por supuesto que la poesía sólo se traduce bien si es en forma métrica) es cómo traspasar el endecasílabo falecio a nuestra lengua, y no es la primera vez que se me ocurre. Ya sabemos que se trata de una estructura fuertemente homodínica en la que todas las sílabas largas cuentan con una marca tónica. El reto estaba, pues, en adaptar esta estructura de acentos 1-3-5-8-10 a la del endecasílabo castellano, para el que no hay una correspondencia exacta. De entrada, había que ceñirse a la necesidad de comenzar los versos con sílaba tónica, ya que es obligatorio para dotar al verso de su ritmo especial, y mantener el acento en sexta para marcar con mayor rotundidad el paso del coriambo a las secuencias yámbicas que determinan la segunda parte del verso. Segunda parte, mas no hemistiquio, o implicaría la introducción de una pausa mayor que nunca aparece en Catulo.

Podemos intentar reproducir el esquema acentual latino con el uso del endecasílabo enfático (1-3-6 || 1-6-8) o del melódico (3-6||3-6-8), pero estaríamos utilizando estructuras ya consagradas en la métrica clásica castellana. Una decisión así nos haría vulnerar la postura de Catulo, que quiere muy a las claras romper los moldes proponiendo una estructura reconocible (lo es el falecio, igual que nuestro endecasílabo), mas reservada a quienes han recibido una exquisita formación literaria (los “docti” reconocen el metro eolio como los muy cultos el endecasílabo enfático o el melódico) y destinada a provocar un efecto estético que es mezcla de novedad (nunca antes se ha hecho algo así en esa literatura) y de reconocimiento (la educación recibida permite identificar la forma y la intención) a través de un componente (los metros eolios y los endecasílabos castellanos) que se asocia indefectiblemente a la lírica.

Si, como constantemente sostiene Umberto Eco, traducir consiste en negociar de modo que se reproduzca el máximo posible del texto fuente en el texto destino, y esto aplicado a todos los niveles, debemos identificar qué otras cosas son relevantes, aparte de la métrica, para generar un efecto semejante al que Catulo busca cuando se nos presenta con este poema. Así, habrá que mantener su visible estructura retórica ternaria marcada por una pregunta-exordio a la que sigue una justificación-argumentación que anticipa una típica peroratio-exhortación. Formalmente, es un discurso del género deliberativo; en lo pragmático, y dado que el receptor no tiene libertad para decidir si aceptar o no la propuesta que se le hace, se trata de un género demostrativo.

El texto es, también, la carta de presentación del mester poético de los neotéricos. Ya lo es en el nivel de la forma métrica, hecho que se extiende a otras caracterizaciones rastreables a través de la selección léxica y del diálogo entre el yo del autor y el tú del dedicatario. El uso de la segunda persona no es, como en la Épica, demanda de inspiración a las Musas, sino petición de patronazgo a una persona real, Cornelio, que ya antes ha defendido la calidad de la obra, aun cuando no necesariamente en público. El “namque tu solebas meas esse aliquid putare nugas” es más una referencia a un ámbito de relación privado que a declaraciones formales. De lo que ahora se trata es de consagrar esa opinión y convertirla en pública afirmación de aval.

La traducción que aquí propongo juega (o lo intenta) con distintos niveles de interpretación del texto: la consideración de libellus como un término más técnico, referido a la estética de los neotéricos, que un simple diminutivo; la oposición de chartae y libellus; de doctae – laboriosae a lepidus – novus… Catulo siempre hace trampas: su falsa modestia encubre un juego de segundos niveles que, a través de la opinión erudita de Cornelio, le da a las nugae algo de calidad. El libellus habla de una poesía menor, una innovación que no busca los objetivos del bonum, honestum, utile de la gran Literatura, sino la enunciación de un yo poético que se contrapone al yo cívico y colectivo de géneros como la Épica o la Historiografía. Que un digno representante de la gran Literatura haya expresado que “algo hay” en los poemas de Catulo contribuye a darles carta de naturaleza literaria. Trampas, trampas, trampas.

No me extenderé más en esta entrada que atenta contra el principio básico de los blogs: casi no tiene hipervínculos. Sólo quería compartir unas reflexiones sobre cómo traducir. No porque la que propongo sea una versión perfecta, ni bella, ni la única posible, sino como experimento para ver si es posible traducir a un poeta guardando en la memoria colectiva de la red una parte de lo que he estado pensando antes de atreverme a usar un mal español y un corto dominio de la métrica para trasladar a un gran poeta.

Se admiten sugerencias; se piden críticas; se agradecerán los comentarios.