Etiquetas

, , ,

El otro día, asistí a una conferencia sobre qué ha provocado la crisis actual y cómo salir de ella. El orador no era bueno, pero sí muy eficaz. Explicaré a qué me refiero: empezó declarándose socialdemócrata y confesando pequeños pecados de juventud de una generación que creció creyendo en la revolución y experimentando con las drogas. Ya la fusión de estos tres elementos en la misma parte del discurso nos tiene que resultar reveladora: un rasgo negativo, unido a dos positivos sólo para una parte del auditorio, permite que el público se vea reflejado con independencia de la opinión política de cada cual. Un buen ejemplo del manejo de la empatía: el socialista verá su ideario; el conservador, que la revolución no es una propuesta viable; todos, la detrectación de la droga y sus malas consecuencias.

Conseguido el primer objetivo (ganarse el derecho a seguir hablando y un margen de confianza para que sus propuestas puedan ser evaluadas sin “interferencias” ideológicas), entra en funcionamiento una segunda estrategia de comunicación: adoptar un tono técnico y pragmático. No es un recurso neutral, ninguno lo es cuando de Retórica hablamos: tras enviar un par de empatizadores al auditorio para ganarse su confianza, la refuerza situando el discurso fuera del ámbito político. La maniobra es evidente y, aun así, rinde buenos frutos: primero, tranquilizo a los socialistas (soy uno de ellos); luego, a los conservadores (presido las Cámaras de Comercio); finalmente, a los oyentes cuando les dijo que sus palabras no iban a ser políticas, sino lógicas, ya que se iba a centrar en ver cómo el Mercado, si se le deja autonomía, nos sacará de la crisis.

Cada cual se llevó su propia golosina y, tras desgranar algunos de los errores que nos han llevado ante el abismo, ofreció análisis y recetas. Eficaz, muy eficaz. Sobre todo, si se tiene en cuenta que, para él, el Gobierno hizo un mal diagnóstico de situación y, ahora, la incapacidad de los partidos políticos para llegar a acuerdos tiene empantanado el problema. En otras palabras, podemos decir que la economía se resiente de la intervención política y se propone que la actuación del Gobierno, de cualquier Gobierno, vaya encaminada a dejar que las empresas, libres al fin de trabas como la cotización a la Seguridad Social (el I.V.A. debería ocuparse de mantenerla), produzcan riqueza y, así, contribuyan a aumentar el bienestar de toda la sociedad.

Expresado con el tono de quien dice algo puramente lógico, todo el mundo cae embelesado: los de izquierdas, porque uno de los suyos ha verbalizado ese difuso malestar que día a día se va adueñando de ellos y los va dejando sin argumentos; los de derechas, porque se ha puesto en juego el gran mito del moderno neoliberalismo, ese de que más Mercado es mejor vida; la mayor parte del público, porque buena parte de las culpas se le achacan a una entidad inmaterial y difusa que, al no tener un rostro reconocible, recibe toda la reprimenda social: la clase política.

Van cumpliéndose los objetivos con precisión mecánica: la crisis no fue cosa de los empresarios, sino de una burbuja fomentada por decisiones del Gobierno a la que no se le puede encontrar una solución factible porque los políticos son incapaces de superar su egolatría y buscar una salida consensuada. Como la crisis es real, pero sus responsables son difusos y los representantes del Estado de Derecho han hecho dejación de sus funciones, la única vía razonable es crear las condiciones para que aumente la riqueza; para conseguir que todo el mundo trabaje más; para lograr que las empresas coticen menos; para decidir que los sistemas de protección social no estén sostenidos por los trabajadores, sino por los impuestos sobre el consumo, que afectan a todo el mundo; para llegar a una redistribución automática e inevitable.

La cosa está clara: menos Estado y más Mercado nos hacen encontrar el vado. ¿Cómo va nadie a poner esto en duda si lo dice un socialista que preside las Cámaras de Comercio? Tiene que ser puramente lógico, e indiscutible, al margen de la ideología y la política, aunque sea un discurso profundamente enraizado en la tradición neoliberal europea. Nos transmitió un mensaje de clara orientación ideológica, vestido con los tules y vaporosas gasas de una evanescente socialdemocracia, preñado de desconfianza hacia la capacidad de nuestro actual sistema político, henchido de adoración del paraíso de la libertad individual por encima de la regulación política. Y todos aplaudimos. El orador no era bueno, pero sí muy eficaz.

Anuncios