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Ha sido el gran triunfo de la comunicación sobre la sociedad. Un gran ‘bluff’ planetario que ha roto la mesa de juego y ha dejado a todos los tahures avergonzados y con sus vergüenzas al aire. Hablo de la famosa gripe A, que iba a ser una versión apocalípticamente aumentada de la peste de Atenas y ha terminado siendo una tormenta de gases intestinales resonando imperiosa en el interior de una lata vacía. Me preocupa que, otra vez, gobiernos y medios de comunicación hayan picado, no ya en un anzuelo parecido, sino en el mismo. ¿Alguien recuerda la histeria planetaria de hace cinco años con la fiebre del pollo? Legiones de pájaros estaban dispuestas a venir volando desde China sin escalas sólo para difundir entre nosotros el virus más letal, peligroso y malintencionado de la Historia. Ante aquello, reaccionamos asesinando aves, eliminando granjas escolares, atemorizando al personal y comprando un antigripal especializado: Tamiflu.

El año pasado, ya no era cuestión de aquellas aves asesinas que venían en bandadas a acabar con la civilización occidental, sino de una difusa fiebre originada entre los cerdos mejicanos y que se extendía por todo el planeta con una velocidad y agresividad nunca vistas. Ante aquello, reaccionamos cerrando fronteras, aumentando los controles, determinando qué parte de nuestra sociedad era prescindible y qué otra parte era aquella de la que no podíamos prescindir. Rompimos el armazón de la democracia moderna y convertimos el “todos iguales” en un orwelliano “algunos son más iguales que otros”. Así, cada país eligió quién debía sobrevivir a la catástrofe gracias a una simple inyección de… Tamiflu.

Rebobinemos. El mismo medicamento para dos virus diferentes. Asombroso. Digo yo que así serán las cosas. Al fin y al cabo, hay que confiar en los científicos, que son los que saben; y en los laboratorios farmacéuticos, que son los que investigan por nuestro bien; y en la Organización Mundial de la Salud, que sólo declara la existencia de una pandemia si ésta existe; y en los medios de comunicación, que están para que conozcamos mejor nuestro entorno; y en los Gobiernos, que trabajan por nuestro bienestar; y en el sistema, que dispone de tantas herramientas y estrategias para protegernos de cualquier tipo de amenaza. ¿No?

¿NO?

Poco a poco, se nos va domando o, mejor, adiestrando, porque sólo somos fieras cuando el árbitro no pita lo que debe, que es cuando nos interesa. En poco tiempo, hemos podido ver tres alertas sanitarias con características muy parecidas y que han provocado, básicamente, la misma reacción pero con un grado más cada vez. Son alertas insidiosas, frente a las que no hay defensa porque nadie se atreve a decir lo que piensa.

Primer rasgo de esas alertas sanitarias: origen animal vinculado a especies con las que convivimos o de las que no podemos, en cualquier caso, huir. Empezamos con el Síndrome de las Vacas Locas, seguimos con la Gripe Aviar, y hemos sobrevivido a la Gripe Porcina. Una vaca, una paloma, un cerdo… Son animales a los que estamos unidos y que nos han enseñado a asociar a ideas agradables, a los fundamentos de nuestra civilización. Nada hace más daño que la traición perpetrada por un ser querido, y traición es que esas especies asociadas a nosotros nos transmitan una muerte sibilina y silenciosa.

Segundo rasgo de esas alertas sanitarias: rápida difusión por canales desconocidos. Primero, fue el pobre chuletón de ternera; luego, las palomas, los cisnes, las grullas, las cigüeñas, las golondrinas; después, los turistas, los extranjeros, los que se iban a visitar otros países. Los priones de las vacas carnívoras eran la plaga bíblica extendida por Occidente, el castigo por buscar la productividad a costa del orden natural de las cosas; ahora, un virus que corre más que la luz y que no se puede frenar porque se transmite por el aire, por las plumas de un pájaro, por un beso.

Tercer rasgo de esas alertas sanitarias: origen externo. La gripe aviar se empezó vinculando a China y al lejano Oriente; la gripe A empezó siendo mejicana. La reacción natural es interrumpir el contacto, cerrar fronteras, encerrarnos en nuestro pánico y mirar el mundo por la rendija de un producto médico que hace el milagro y nos libera. Es una xenofobia especialmente peligrosa porque no se permite ponerla en duda y justifica cualquier cosa que se haga contra los otros. El virus alíen, de rápida difusión y propagado por los extranjeros, justifica que se aísle a la gente sin garantías judiciales, que se la secuestre para someterla a análisis, que se vulneren unos derechos que no se les reconocen para proteger a una población a la que esos derechos no le interesan.

Se nos está entrenando en el miedo y la sumisión. Y el miedo y la sumisión siempre acaban haciendo que supliquemos perder nuestros derechos, conseguidos por quienes nos antecedieron aun a costa de su sangre y su propia vida. El enemigo que nos amenaza no es nunca humano, ni se mueve de forma predecible, ni procede de un entorno que nos resulte familiar. Es tan sumamente extraño a nuestro mundo que la mera mención de su existencia nos hace llorar de miedo, sentir el sudor frío de la muerte y gritar revolcándonos en nuestras propias heces clamando por la epifanía del héroe redentor que nos salve del peligro. Tememos, luego obedecemos. Esas enfermedades han producido muertes, sin duda. Son reales, evidentemente. Tienen un grado de imprevisibilidad, indiscutiblemente. Pero su utilización para inducir pánicos planetarios, para conseguir la abdicación de nuestros derechos, para aumentar indecentemente la cuenta de resultados de una multinacional farmacéutica, ha producido un efecto aún peor: nos ha convertido en esclavos.

Desde el punto de vista de la comunicación, el diseño es perfecto. Tenemos tanto que perder que la perspectiva de perderlo nos hace renunciar a lo que haga falta. El enemigo es insidioso. Empezó siendo el Priorato de Sión y su plan para dominar el mundo, lo que llevó a millones de personas a la muerte. Ahora, el virus, la guerra bacteriológica, las armas de destrucción masiva, la enfermedad y la pandemia se adueñan de nuestro horizonte humano. La amenaza es tan intangible que nadie se atreve a negarla. Los medios de comunicación, transformados en altavoces de la inquietud universal, se convierten en un carrusel de desinformación que obliga a dar siempre una exclusiva, una noticia que no tengan los demás. Y así entramos en una espiral de irracionalidad, en una macabra timba de póker en la que todos suben la apuesta porque no pueden retirarse de la partida, de una partida organizada por, y a beneficio de, un neofascismo que avanza imparable y se está instalando suave y continuadamente en el siglo XXI.

El miedo cósmico hace que ningún Gobierno se atreva a decir lo que realmente ocurre, no vaya a perder votos y poder. Así como cada medio de comunicación tiene que decir algo nuevo, cada Gobierno tiene que demostrar que cuida a sus ciudadanos mejor que todos los demás. Se compran por millones vacunas cuya efectividad no se ha comprobado; se establecen costosísimos planes de emergencia para hacer frente a una amenaza difusa; se hace público que hay clases, grupos de personas que tienen más derecho a sobrevivir que otros porque son más necesarios para la sociedad; se vulneran derechos fundamentales pretextando la defensa del conjunto social; se instila en el pueblo el virus de la desconfianza; se rompe la red de lealtades mutuas en la que se basa la sociedad misma. Truenan, disponen, difunden y nos segregan. Y nadie toma medidas cuando todo se demuestra falso.

Quien alabó el traje nuevo del Emperador no quiere admitir que iba desnudo. No se exige la dimisión de nadie, a nadie se procesa, nadie va a la cárcel porque no hay responsables de que nuestros recursos se empleen en combatir fantasmas. Nadie tiene la culpa porque todo se hizo con buenos motivos, y a nadie se le reprocha nada porque, al fin y al cabo, el miedo nos atenazó a todos y todos fuimos responsables de la estafa globalizada. El miedo que nos han provocado nos hace obediente y los enriquece una y otra vez. No aprendemos nada. Dentro de poco, volveremos a afrontar una nueva crisis de pandemia universal que nos impedirá pensar y nos llevará por donde se haya decidido. Muerta la diosa Razón, agonizante la inteligencia, denostada la visión lógica del mundo que proporcionan las disciplinas humanísticas, nuestra sociedad se diluye y prosterna ante los hechiceros que nos han vendido, todo a la vez, la existencia del Maligno y la forma de combatirlo. Sean todos bienvenidos a la nueva Edad Media. Compren sus entradas.