Etiquetas

, , , , ,

Esta mañana, oí al Presidente del Gobierno decir algo así como:

El tren del crecimiento está muy próximo, y si hacemos lo que debemos, si aplicamos con rigor todas las reformas en marcha, este tren aumentará su velocidad hasta adquirir la necesaria para recuperar la creación de empleo.

Claro, uno se enfrenta a este fragmento y no le da mayor importancia. Al fin y al cabo, sólo se trata de una imagen que todos conocemos: el tren, la velocidad, la ruta prefijada de la que no te puedes apartar, el maquinista… En principio, todos los elementos que van resonando en nuestra consciencia son positivos y transmiten, como grupo, sensaciones de seguridad.
En principio.

La intención comunicativa está clara: el crecimiento es un tren (¿un AVE, quizá?) que va despacito ahora mismo y que, si se hace lo correcto, volverá a volar sobre las vías camino de un destino inaplazable.
La realidad comunicativa, no obstante, es otra: el tren del crecimiento, si está próximo, es un elemento ajeno a nosotros que acelerará con independencia de nosotros. ¿Exageración e interpretación sesgada? No lo creo. Observemos que, al utilizar la imagen ferroviaria unida al concepto del crecimiento económico, el orador se sitúa distanciado, más como espectador que como responsable (“está muy próximo“); de esta manera, los actos del responsable (“si hacemos lo que debemos, si aplicamos con rigor todas las reformas en marcha“) conseguirán que el crecimiento aumente su velocidad y, en consecuencia, se pueda volver a crear empleo.
El problema de verlo así es que el orador, que es quien tiene que pilotar las reformas, no se sitúa en la máquina del tren, sino fuera de ella, de tal modo que sus actuaciones impulsan, pero no dirigen, y el propio tren tiene una vida independiente de la voluntad del orador, quizá porque en ningún momento se hace mención al maquinista. Por demás, incluso se introduce una extraña matización mediante el uso del dícolon condicional (“si hacemos…, si aplicamos…“). ¿A qué viene esta cautela? ¿Por qué este distanciamiento? ¿Cómo que si hacemos lo que debemos? No está hablando un experto externo, sino quien tiene que tomar las decisiones, conque no es posible que quien decide se aleje tanto de su responsabilidad que llegue a poner en duda incluso que vaya a hacer lo que dice que está haciendo.

El contraste entre la intención y la realidad comunicativa produce una sensación extraña, un “aquí hay algo raro y no me preguntes qué”. A eso se le llama, en términos más técnicos, disonancia cognitiva. Es disonante, sí, que el responsable del Gobierno se sitúe con su uso de la imagen ferroviaria al margen de la acción, porque con ello establece una diferencia excesiva entre la economía y el propio Gobierno, entre la realidad y la voluntad de los actos.
No es la única disonancia del fragmento en cuestión. En el contexto del discurso, se esperaba algún anuncio de medidas nuevas, pero esta imagen transmite un mensaje muy claro: para que la economía se recupere, hay que aplicar con rigor lo que ya se ha decidido, luego cualquier otra medida será, o bien innecesaria, o bien inútil. Ahora bien, si eso es así, nos encontramos con que se defrauda la esperanza de algún anuncio nuevo, lo que enturbia la fama del Presidente de tener siempre un último recurso a mano para exhibir cuando pintan bastos. Desde el punto de vista de la interpretación de la imagen, el Presidente no se nos presenta como el líder, el que dirige y encabeza el tren, sino como una especie de espectador cualificado que aplica medidas a distancia, no como un maquinista, sino como quien pone en marcha aquellas maquetas de Ibertrén con las que jugábamos de pequeños.
Para la Retórica, el mecanismo de la semejanza es uno de los recursos artificiales (etimológicamente, construidos gracias al dominio de la técnica) de los que nos valemos para fundamentar la tesis central de una argumentación. La semejanza cuenta con cuatro figuras fundamentales, dos que son probatorias (el ejemplo y la semejanza) y dos que son ornamentales (el símil y la comparación). Las dos primeras toman su valor de la capacidad que tienen de poner en relación lo que decimos con un hecho concreto al que se le atribuyen protagonistas específicos (el caso del ejemplo) o no se le atribuyen (el caso de la semejanza); las otras dos se basan en poner en contacto dos elementos iguales (el caso del símil) o desiguales (el caso de la comparación). En su conjunto, la validez probatoria de esta forma de argumentar no busca la demostración inapelable, sino la creación de un vínculo psicológico entre lo que defendemos y lo que nuestro auditorio conoce, un vínculo que nos permite proponer la aceptación de algo nuevo porque se parece o relaciona de alguna manera con algo que el receptor del discurso ya conoce.

Para poder desarrollar con eficacia esta técnica de argumentación, suele ser muy recomendable recurrir a la creación de imágenes, de elementos cuya evocación trae a nuestra mente recuerdos, sensaciones, percepciones, experiencias… elementos que apoyan la sensación que queremos transmitir y que le dan potencia a nuestra expresión gracias a que enuncian conceptos que forman parte del acervo común de la cultura del emisor y el receptor.
Cuando se dice que “una imagen vale más que mil palabras“, no se está haciendo referencia sólo a los medios audiovisuales, sino al potencial de evocación de una sucesión de enunciados que nos hacen, repentinamente, vincular un turrón determinado con la Navidad; o la expectación de los regalos de Navidad con la Lotería Nacional; o el placer de los espacios abiertos con el habitáculo de un coche…
La imagen, si está bien construida, supera en eficacia a la mera demostración racional, ya que produce entre el orador y el auditorio una conexión emocional que predispone a confiar e, inmediatamente, a creer. Si está mal construida, la imagen puede tener efectos devastadores sobre nuestra percepción del orador, al que contemplamos como si tuviéramos los ojos empañados o como si una repentina ola de calor se interpusiera entre él y nosotros y, por un extraño efecto óptico, lo viéramos desdibujado y tembloroso. Cuando no percibimos bien al orador, la imagen mal diseñada nos lleva a desconfiar y, en consecuencia, a no creer.

La moraleja de esta historia es que, cuando decidimos utilizar una imagen, debemos construirla de manera coherente, no yuxtaponiendo elementos que suenan bien, sino uniendo elementos que ayudan a proyectar una sensación poderosa en nuestros espíritus. En este caso, el Presidente no ha actuado como un orador competente, sino que se ha dejado llevar por un estilo más propio de asesor que de gobernante: la utilización incorrecta de la imagen ferroviaria genera más incertidumbre que confianza, y no está ahora mismo este horno para esos bollos.
Particularmente, hubiera preferido encontrarme con ese enunciado, pero expresado más o menos así:

El tren del crecimiento está muy próximo en marcha, y si llevamos bien la máquina, si hacemos lo que debemos, si aplicamos con rigor todas las reformas en marcha, este tren aumentará su velocidad hasta adquirir la necesaria para recuperar la creación de empleo.

Son sólo un par de cambios, pero me habrían bastado para pensar que mi Presidente, en vez de mirar el Ibertrén, lo pilota.

Leer más: Informe económico del Presidente del Gobierno (PDF)
Ver más: Discurso del Presidente (I)Discurso del Presidente (II)

Anuncios