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Cuando hablamos ante un auditorio, es fundamental conservar en la mente que estamos para comunicarnos con los demás, no para contar lo que pensamos. La distinción puede parecer sutil, pero es útil.
La postura transmite ideas y apoya los argumentos, pero también puede facilitar o dificultar la transmisión física del lenguaje. Nuestros gestos, nuestra postura y nuestra voz son una importante carta de presentación. Debemos cuidar también estos elementos, que no son detalles, sino constituyentes necesarios de la comunicación.
No es igual estar sentado o de pie; tras una mesa o un atril; con el cuerpo al descubierto o parcialmente oculto.
En general, es buena cosa que nuestra columna vertebral esté derecha (no rígida) y la barbilla levantada (sin apuntar al cielo). De esta manera, el aire que sale de nuestros pulmones se proyecta con mayor fuerza, con lo que ganamos en potencia, y le confiere un tono menos grave a nuestra voz, con lo que evitamos dar una imagen errónea.
Los pies nos ayudan a encontrar la postura adecuada: deben estar levemente separados, más o menos en línea con las caderas, que es la posición en la que nuestro cuerpo se siente más cómodo y la que permite que nuestros brazos vuelen en apoyo de nuestras palabras sin dar la sensación de que perdemos el equilibrio.
Si estamos tras una mesa, también es buena cosa estar derecho y apoyarse en ella lo menos posible, de modo que los brazos no nos sirvan de puntal, sino de ayuda.
Aquí pongo una imagen que ejemplifica lo que, o no se debe hacer, o no es conveniente hacer constantemente.

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