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El pasado no se puede resucitar. Es una memez intentarlo. Y, aunque alguna vez se consiguiera, lo que tendríamos ante los ojos no sería nunca ese pasado, sino la imagen que de él nos hemos hecho. Estamos constantemente recibiendo información que nos llega desde el pasado, desde todos los pasados, y que interactúa con nuestra percepción y nuestra comprensión. Desde el momento  mismo en el que le aplicamos a esa información el filtro de nuestro intelecto, cuando la observamos, buscamos dotarla de una estructura que nos la haga inteligible, comprensible, visible. En el mismo momento en el que miramos al pasado, lo recombinamos, lo reconstruimos y lo convertimos en presente. No creo que haya un pasado, sino las visiones de él.

Por eso me hace tanta gracia esa gente que, deseando dárselas de listos, me dicen que sólo quieren leer libros que traten la Historia con objetividad. Cuando los oigo, río tras mis bigotes y pienso el daño que ha hecho a la población determinado tipo de programas y autores. Pero eso quedará para otra ocasión mejor, cuando decida publicar lo que pienso de la llamada novela histórica y cuánto tiene de ambos términos.

De igual manera, no se puede hacer revivir una cultura como tal. Para nosotros, simios con persistencia cultural de objeto y con capacidad de comunicación simbólica, es posible mantener vivas unas cuantas imágenes y someterlas a nuestros intereses, nuestros deseos y nuestras expectativas de fituro. Así, cualquier actualización del pasado termina adquiriendo una utilidad o, si lo preferimos, cobra un valor que será tanto mayor cuanto más capacidad acredite de ayudarnos a afrontar ese enigma que llamamos futuro.

Pensemos en una cultura como una suma de elementos, pedacitos, bits de información, no ya como una entidad completa, uniforme, homogéneamente construida como un edificio. Para mí, una cultura es como una construcción fractal de elementos, átomos de información; es una combinación de informaciones que viajan juntas.

El conjunto de fragmentos de información cultural (fractálidos, según leo en un interesante blog con ese mismo nombre, aunque no se refiera exactamente a lo mismo) cuya combinación e interacciones llamo cultura es atomizable, imprevisible en su desarrollo e inmutable en tanto que no puede ser modificado por la voluntad de un solo ser humano. A partir de ahora, los llamaré cultufractales, que para eso tengo libertad de inventar términos.

Mi percepción de esa red de información es, forzosamente, diferente de la de cualquier otra persona, ya que no comparto el mismo número de elementos cultufractales, ni los combino de igual modo, ni siquiera los relaciono de igual manera.

Por ese motivo, debo llegar a una serie de acuerdos que me permitan comunicarme con los demás al referirnos todos a algo que, en los trazos gruesos, viene a componer una misma imagen. Un ejemplo de acuerdos que nos permiten hablar en torno a una imagen compartida es el concepto de cultura clásica, que designa una realidad claramente ilusoria, pero que sirve de punto de amarre para los fragmentos de información, los cultufractales, que hemos acordado compartir para construir la referencia.

O sea, que la cultura clásica existe porque hemos decidido definirla para crear una parcela claramente artificial que delimita algo llamado mundo antiguo. Aun a riesgo de decir una tontería mayúscula, afirmaré mi sospecha de que el mundo antiguo no existió hasta que a un grupo de seres humanos se les ocurrió que era necesario inventar tal concepto. No creo haberme vuelto loco. También hay quien defiende que, por ejemplo, la Literatura latina es un constructo cultural y políticamente marcado que arranca del siglo XIX.

Lo curioso es que ahora sí existe una cultura clásica, como también un mundo clásico o una Filología clásica. Existe un consenso acerca de qué cultufractales construyen el concepto; nuestro trabajo, ahora, consiste en ver cómo se relacionan los cultufractales clásicos con los de nuestra experiencia cotidiana, sea porque siguen activos en la red cultural, sea porque se han recombinado e incorporado a estructuras diferentes, sea porque conservan la capacidad propia de todo cultufractal de entrar en la red, crear nuevas interacciones y, a su manera, modificarla.

Me temo que no tiene sentido empeñarnos en mantener la cultura clásica si no somos capaces de definirla como un bloque compacto. Y no vamos a ser capaces porque, sencillamente, no lo es. Se trata, más bien, de una de las muchas imágenes o configuraciones que en un momento dado cruzan por el calidoscopio de nuestra peripecia vital. Lo que sí tiene sentido es olvidarse de los grandes planteamientos, los grandes sistemas y estructuras a la alemana y centrarse en ver cómo se relacionan los cultufractales clásicos con los actuales.

Olvidemos la supremacía política y cultural del latín; dejemos de presuponer la excelencia de las literaturas griega y romana como una petición de principios de nuestro discurso intelectual; abandonemos la tendencia a hacer que los demás sientan por las informaciones culturales del mundo antiguo en general, y de la cultura clásica en particular, un arrobo que tiene más de pose que de conocimiento y visión coherente de esos cultufractales.

Centremos nuestros esfuerzos, pues, en ver cómo el latín nos ayuda a hablar y entender mejor otras lenguas; en cómo el actual Imperio recurre a sus propias imágenes de Roma para justificarse en su existencia y actuaciones; en ver cómo los cultufractales clásicos siguen siendo productivos y actuando en la creación de constructos y productos a los que les sirven de referentes; en descubrir, en fin, cómo poner en relación nuestro concepto común de cultura clásica con un entorno transmoderno para el que las grandes construcciones intelectuales son fastidiosas.

Olvidémonos de transmitir, revivir o resucitar la cultura clásica y centrémonos en activar sus bits de información inactivos y en identificar los que están camuflados, formando parte de otras imágenes. Nuestra utilidad para la cultura actual no consiste en traer de vuelta un pasado inexistente, sino en actuar sobre el presente haciendo uso de lo que hemos aprendido de la observación y la recomposición de unos fragmentos del pasado.

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