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Como todos estos últimos años, hemos ido en peregrinación al Festival de Teatro Clásico de Mérida. Allí, pude disfrutar una interesantísima versión de los Menaechmi plautinos y sufrir una extraña dramaturgia sobre Jasón y los Argonautas. Cuando vamos a Mérida, no podemos dejar de acudir a una especie de paraíso terrenal llamado Alange, en donde pude este año compartir un ameno rato de charla con Carlos Cabanillas, Fernando Lillo y otros cuantos colegas más.

De Mérida a Évora, a Coimbra, a Conimbriga, a Oporto, a Oledo… y a Guadalupe, un sitio que buscamos sobre todo por hacer alto en el camino que aún nos quedaba hasta nuestra casa.

Como núcleo urbano, nada nos dice; como modelo de negocio cultural, está atrasado y atrancado en la España de pandereta atrapa-guiris de los años sesenta y setenta; las comunicaciones son un tanto discutibles. Pero, cuando entras en la Hospedería del Monasterio y te sientas en ese precioso patio interior, sabes que has llegado al sitio que buscabas. Un sitio en el que el silencio te acaricia y la tranquilidad te adormece.

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