La vida nunca le permitió ni siquiera una oportunidad. No sabemos cómo era, ni tuvo tiempo de muchas cosas. Debió de ser, con todo, una persona que despertaba el cariño. Todo lo que tenemos de ella es una estela con una inscripción. En el relieve, una jovencita que sostiene un instrumento de cuerda y que mira hacia alguien de quien no tenemos noticias.

La vida no le dió mucho, pero el amor de los suyos la hizo llegar hasta nosotros más viva que quien encargó la lápida.

Se llamaba Lutatia Lupata, y no llegó a cumplir diecisiete años. Si vas a Mérida, visítala en la planta segunda de Museo de Arte Romano

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