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Pasífae, loca de amor por un toro, no ceja en sus empeños hasta conseguir que ésta la tome. Era el semental de la manada. Un macho grande, blanco y lustroso que a la pobre me la traía por la calle de la amargura. Nos lo cuenta Ovidio en un famoso pasaje del Ars Amandi (Ov. ars. I, 289 ss., trad. Vicente Cristóbal López):

Había casualmente bajo los umbrosos valles del frondoso Ida un toro de blancura deslumbrante, gloria de la grey, que tenía entre los cuernos una leve mancha negra. Sólo esa mancha tenía, el resto de su cuerpo era blanco como la leche. Las terneras de Cnoso y Cidón deseaban sostenerlo sobre sus lomos. Pasífae anhelaba convertirse en amante del toro y odiaba celosa a las hermosas vacas…

También hay quien se hace eco de la historia, aunque de otra manera.

Según los mitos antiguos, Pasífae, la esposa del rey cretense Minos, era hija de Helio y de Perseis, y hermana del aventurero Perseo; de Eetes, rey de la Cólquida; y de Circe, la hechicera. No son una familia del montón, sino el punto en el que enlazan distintas historias famosas de la narrativa griega. Cada uno de los tres hermanos de Pasífae recibió la atención de los bardos, ora por su caŕacter heroico, ora por su espíritu taimado, ora por su capacidad para atar y atacar a los varones.

Cuando Minos reclamó el trono de Creta, pidió a los dioses una muestra de su benevolencia. Prometió a Posidón que, si le hacía llegar un toro del mar, él mismo se encargaría de sacrificarlo en honor de quien tan grande prodigio habría obrado en su favor.

Aceptó. Llegó el torito bravo. Minos le puso el ojo encima, pero no el hacha. Se saltó el juramento y se quedó con el animal. Posidón, demostrando que con los dioses no se juega, volvió rabioso al toro y, no contento con eso, volvió a Pasífae loca de ansias. No se juega con los dioses.

Para conseguir los favores del toro, Pasífae tiene que disfrazarse. Le pide a Dédalo, el gran manitas de la Antigüedad, que le fabrique un armazón en forma de vaca, algo tan perfecto y logrado que la pobre, ya dentro de él, consiguió al fin llevarse al animal a sus adentros.

Nueve meses después, Pasífae da a luz. Está clara su procedencia. Medio cuerpo de hombre, y medio de toro. Minos se enfurece con el asunto de los cuernos… los de la criatura, claro. También él llama a Dédalo, pero para ordenarle que construya el famoso Laberinto, un palacio en el que se puede entrar, pero del que no se sale, y allí encierra al bicho.

La Mitología nos cuenta historias que podemos tomarnos como cuentos para niños, o que podemos contemplar como el envoltorio colorido y brillante de alguna otra cosa. Vale, sí, podemos pensar que son novelas, pasatiempos y todo eso, pero… ¿y si hubiera algo más?

Empecemos por una pregunta simple: ¿a santo de qué castiga Posidón a Minos volviendo loca a Pasífae? A ver, si era el rey el ofensor, él era quien debía recibir el castigo, ¿no? Cuando el dios decide tomar venganza, lo hace afrentando a su víctima con un pavoroso castigo: mal está que su mujer lo engañe, pero que le haya literalmente puesto los cuernos… Es un castigo machista, se mire como se mire, y nos habla de una sociedad en la que las mujeres no tienen capacidad de decisión ni, a poco que lo consideremos, imagen propia.

Pasífae hace lo que hace porque Posidón la enloquece. Nacido su hijo, se queda sin él. Su marido decide sobre todos, sin remisión. Machista, sin duda.

Pero yo me pregunto…

¿Cuántos poetas, traductores, estudiosos, lectores, han señalado que el castigo es injusto con Pasífae?

Igual algún otro día sigo contando más cosas.