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(Publicado en El Retórico Empedernido)

Vale, ya, ya. Sí, está claro que tienes las ideas muy claras y todo eso, pero no te estoy pidiendo que me hagas una Tesis Doctoral. En realidad, mi pregunta busca emprender una pequeña búsqueda de qué es lo que nos echa atrás cuando un político nos pide que creamos en sus palabras.

De un lado, está la cuestión previa de cómo se ha creado un saber convencional o, en griego, una δόξα, acerca de quienes se dedican a la representación de sus conciudadanos. Existe un estereotipo en el que a esa persona se la llama siempre político (pronúnciese con tono despectivo) y se la considera perteneciente a una clase distinta.

Esa δόξα es, como todos los prejuicios, una fácil manera de no pensar y hablar antes de poner en funcionamiento las neuronas. Se ha injertado en la ciudadanía la imagen del político (pronúnciese con tono despectivo) como persona falsa, taimada, trepadora, falta de escrúpulos…

Tenemos, pues, un primer condicionante que afecta a la credibilidad del político (pronúnciese aquí con tono natural), y es que su imagen corporativa, la percepción que de él se tiene, impide que se considere con seriedad su posibilidad de decir nada que parezca interesante.

A esa imagen previa que se difunde entre el auditorio de este orador la llamamos ἔθος (ethos), y supone un primer elemento que hace falta cambiar. Si todos piensan que te equivocas, ya puedes decir verdades como templos, que nadie te hará caso. Pregúntenle, si no, a la pobre Casandra.

Hay más elementos, pero los dejo para más adelante. Sólo adelantaré una pequeña pista: prestadle atención al tono y a la entonación con las que hablan quienes dan los mítines… ¿A qué nos recuerdan?

La solución, en el próximo capítulo. Supongo.