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Temprano, muy temprano, el Senador abrió los ojos. Había llegado el día. Desayuno con la familia. Despacho con sus fieles. Repaso a los años que acababa de vivir y al tiempo que le esperaba por delante. Se vistió despacio, con unos ropajes serios que denotaban su rango y el que en cuestión de horas iba a recibir. Asuntos por resolver. Muchas decisiones por tomar. Muchísimas personas pendientes de su discurso. El mayor poder. La máxima autoridad. A una palabra suya, podría desatarse la ira y el fuego de sus tropas. A una palabra suya, podrían volver a sus cubiles los perros de la guerra.

Transportado con pompa y boato hacia el Capitolio, tiene que hacer el esfuerzo de recordar que es sólo un ser humano. La multitud se agolpa y corea su nombre. Ojos y corazones expectantes, ansían atistar, como en un fogonazo, su rostro, su perfil, su sombra, la estela acaso de su presencia. Lenta marcha la comitiva. El poder necesita proyectar calma para difundir el símbolo de la seguridad y el aplomo. No se puede ir corriendo al encuentro de los signos de la autoridad. Apresúrate despacio.

Ya en las escalinatas. Una breve invocación religiosa. La Divinidad también reclama su participación en la entronización del humano semidivino. Una fórmula ritual. Juramento de respetar la República, servir a los ciudadanos y honrar a ese Dios que todo lo ve. No puede haber fallos, o todo el juramento se tendrá que repetir. Los dioses no se apiadan de quien se equivoca. Los dioses protegen al que acierta.

Dos palabras cambiadas de orden. ¡Horror! No las pronuncies tú. No te ates a ellas. Espera a que te las digan bien. Ahora, sí. Pronúncialas. Firme. Sin arrogancia. Habrá que repetir toda la fórmula, pero eso es para mañana. Ahora, toca dirigirte a la multitud que espera tu discurso. Llevan muchas horas, días, meses, esperando el momento. Son tuyos. Con la palabra te los ganaste, no con heridas de una guerra que no vivieron. La palabra crea y destruye. La palabra mueve al pueblo. Dásela. Es tu arma. Déjales compartir su victoria, la victoria del orador sobre el militar.

Piensa. Estás en el Capitolio. El Senado, muy cerca. Al fondo, un obelisco. El pueblo, llenando el espacio hasta donde se pierde la vista. Gritan tu nombre. Levanta los ojos. Toma aire. Míralos. Saluda. Empieza.

“Thank you. My fellow citizens, I stand here today humbled…”

Son tan romanos…

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