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Periódicamente, llegamos a un sitio lleno de agua y, asombrados ante el espectáculo, le damos un nombre y le contamos a todo el mundo el gran hallazgo que hemos hecho. Si los demás tienen nuestra misma experiencia, se juntan en comandita y, transidos de emoción, nos proclaman sabios entre los sabios y acreedores a la mayor de las consideraciones.

Hasta que alguien se nos acerca y nos dice:

¿Y tú no sabías que ESO es el Mediterráneo?

En nuestros días, el retroceso de los saberes clásicos y la implantación de nuevas disciplinas nos lleva a descubrir el Mare Nostrum una y otra vez. Como ejemplo, aquí me valdré de uno que tenemos muy a mano los clasicistas.

Cada vez se pone más de moda decir que la nueva frontera del siglo XXI es la comunicación. Con eso, se suele aludir a que, en sociedades de conocimiento distribuido, como la nuestra, la capacidad de transmitir la información corre pareja a la de crear una opinión, y la opinión ya sabemos que es la base de las decisiones.

El resultado es evidente: proliferan los cursos, métodos y especialistas en coaching, relaciones interpersonales, asesores comunicativos, auditores… La lista sería tan amplia como el elenco de la creatividad humana lo permitiera.

Está bien que todo esto exista, ya que responde a la necesidad de esta Asamblea de la aldea global de tomar decisiones colectivas basadas en la información previamente suministrada por un emisor que, si quiere salirse con la suya, habrá analizado a su auditorio, habrá diseñado su mensaje, le habrá dado un orden y un adorno eficaces, y habrá hecho lo posible por apoyarse en elementos paratextuales como apoyo del mensaje mismo.

¡Gran invento! ¡Enorme descubrimiento! Transido de emoción, tengo que acercarme al eximio genio de la comunicación y susurrarle al oído con voz respetuosa:

¡No podrías haberte topado con nada mejor ni más útil! Pues a eso que acabas de encontrar hace siglos que se le puso un nombre distinto.

El nombre es RETÓRICA.