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No todo vale siempre ni para cualquier situación. El buen orador necesita filtrar las informaciones y usar sólo las que crea que van a ser rentables, o sea, persuasivas.

Para los maestros romanos, los auténticos y grandes sistematizadores de la doctrina antigua, el buen orador debe tener tres cualidades, a las que llamaron ingenium, iudicium y consilium.

La primera, el ingenium, es la inteligencia, la capacidad de encontrar ideas con las que trabajar. Es evidente que, si no hay una inteligencia, falla toda la base. También es evidente que la inteligencia no vale completamente si no tiene a mano la ayuda de la técnica. La dualidad natura / ars (predisposición natural / conocimientos técnicos) es antigua, pero hoy no toca hablar de ella.

La segunda, el iudicium, es el sentido común, la capacidad de seleccionar qué ideas de las que se te han ocurrido son potencialmente buenas, y cuáles son simples tonterías. Ahora bien, debes tener en cuenta que las tonterías no se han de desdeñar sin más: pueden tener su lugar en las refutaciones, en las reducciones al absurdo, cuando se quieren introducir notas de humor…

La tercera, el consilium, es el pragmatismo, la capacidad de ver cuáles de los materiales del iudicium nos servirán para este discurso, en esta ocasión, ante este público..

A poco que nos fijemos, ingenium, iudicium y consilium se pueden plantear como tres fases del proceso de depuración de ideas que debe todo orador seguir. Incluso se puede plantear como un método de trabajo.

Así, en una ficha que tienen mis estudiantes, en la que disponen de tres columnas para, respectivamente, hacer tormenta de ideas, eliminar la morrala y decidir qué utiliar en sus discursos.

Si el otro día te pedí que fijaras los objetivos, hoy te pido una cosa más: selecciona tus materiales.