Etiquetas

, , , , ,

Al diseñar un discurso, hay que empezar siempre teniendo claro el tema. Para eso, es muy recomendable sentarse a pensar con un papel y un bolígrafo. Prueba a escribir en no más de diez o doce palabras de qué va tu intervención.

Algunos ejemplos de un tema de pega que han propuesto mis estudiantes: “Discurso para proponer que se siga cobrando la nómina por transferencia”, “Discurso para defender el cobro de la nómina por transferencia bancaria”, “Discurso para demostrar que fue buena idea hacer que se cobrara por transferencia”…

Bien enunciado, el tema del discurso es una riquísima fuente de información, ya que nos permite verbalizar qué queremos conseguir.

Si aceptamos que un discurso es un enunciado lingüístico formulado con voluntad persuasiva, a las claras veremos que la finalidad del discurso se convierte en el elemento central que condiciona todo lo demás.

Conozco a mucha gente que, cuando nos quiere convencer de algo, se lanza a tumba abierta, suelta todo lo que se le viene a la mente y, sin organización alguna, habla, habla y habla hasta que nos aturde. Pero eso no es convencer, es hacer que te den la razón con tal de que te calles.

En mi opinión, es mucho más práctico hacer las cosas de otra manera: tras delimitar el tema, definir claramente los objetivos.

Debemos saber qué queremos realmente conseguir para, de ese modo, afinar nuestras estrategias y poder compartir con nuestro auditorio un punto de llegada, una opinión, una visión, un propósito común.

Imagina que estás en una caseta de feria, con una escopeta de plomillos en las manos. Tienes que planificar todos tus movimientos, tu respiración, tu concentración, para conseguir el premio.

Igual ocurre con cada discurso.

Fija tus objetivos y toma el resto de las decisiones en función de ellos.

Anuncios