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Parece que las cosas son de una manera fija y no se pueden cambiar. En el mecanismo de uniformización mental que nos aqueja como especie, el pensamiento divergente es un lujo del que no deberíamos prescindir, so pena de caer an la monotonía de lo homogéneo, lo seguro, lo tranquilizador, lo familiar.

Uno de esos elementos que se nos quiere imponer como por derecho divino es el de la inutilidad de las Humanidades. El razonamiento, como todos los que se basan en peticiones de principios, es tan sencillo como falso: es útil lo productivo, las Humanidades no son productivas, las Humanidades no son útiles. Quizá haría falta algún curso de lógica elemental para que algunos ilustrados de vía estrecha aprendan a distinguir silogismos y falacias y no haya que explicarles qué relación guardan dos estatuas y tres cervezas.

Bueno, mejor no lo propongo, que hoy en día se convierte cualquier cosa en asignatura y luego tenemos los líos que tenemos.

Todo esto viene a cuento de que hay un profesor que, desde su Instituto de Almendralejo, ha decidido que ya está bien de llorar por la muerte social del latín y que ahora toca ponerse en marcha. Es uno de los más activos y conspicuos innovadores docentes de España, sin duda alguna, y persona llena de propuestas. Ahora, ha propuesto firmar una petición para (¡asómbrense!) ampliar la enseñanza del latín y llevarla al primer curso de la E.S.O.

A ver, rebobinando, que es gerundio. ¿Más latín? ¿En primero de la E.S.O.? Pues sí, señor. Como suena, y con un par punto cero (ó 2.0 que se dice ahora) ha levantado la iniciativa por la blogosfera, las redes sociales y los sistemas de recogidas de firmas on-line. Me gusta, me gusta, me gusta.

¿Tiene sentido esta reivindicación de nuestros estudios? Hay gente que, más por ignorancia que por maldad, entra a opinar con la misma habilidad con la que un elefante le podría colocar un preservativo a una hormiga y, claro, luego pasa lo que pasa: unos se echan las manos a la cabeza y otros eligen su lado de la trinchera según de dónde oigan el tañir de las campanas.

Pero lo cierto es que, mal que les pese a algunos vigotskyanos de todo a cien, el latín tiene una utilidad formativa. No hace a nadie más inteligente (mírenme a mí y compárenme con una farola), pero sí tiene una primera y muy recomendable virtud: ayuda a mejorar nuesto conocimiento de las lenguas romances. Más latín es mejor castellano, gallego, catalán, portugués, francés, italiano… No se ofenda nadie si aquí no aparece su lengua manterna, que acabo de decirlo: el latín no te vuelve más listo.

¿Son pocas lenguas? Vale, sigamos. Sumemos ahora las que tienen casos y declinaciones (el alemán, pero no sólo el alemán), e incluso LA LENGUA DE LOS AMOS DEL UNIVERSO. El inglés, con su enorme base de léxico latino y la herencia indoeuropea que compartimos todas las lenguas que por aquí han desfilado y alguna otra de tan exigua relevancia como el… griego.

Nos dicen que para aprender latín hay que memorizar. ¡Y a mí me metieron la tabla periódica con un implante subcutáneo, no te fastidia!

Para empezar, cultivar la memoria es bueno, y ayuda a desarrollar, además, la concentración, la disciplina y la paciencia, que no son moco de pavo. Por demás, resulta que existen métodos que permiten aprender latín con el mismo esfuerzo que cualquier otra lengua hablada. ¿O es que alguien piensa que los romanos se entendían por señas y carraspeos? Si todo el elenco de argumentos es de este calibre, pues asombra ver que quienes los profieren alcancen puestos de relevancia en los distintos sistemas educativos.

No hay que preocuparse. Si hubieran estudiado más latín no habrían desarrollado su inteligencia; sólo habrían aprendido a secuenciar y estructurar con más eficacia.

¿Hacen falta más motivos? Lee la petición, pasa la voz y fírmala.