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Va en el cargo tener que hacer todo tipo de discursos. En estas fechas, los más frecuentes son los dirigidos a estudiantes que terminan sus carreras y eligen recibir la llamada beca en una ceremonia oficial de graduación. Es, evidentemente, un rito adaptado de la tradición anglosajona y que nos ha llegado por vía de las instituciones privadas, que muchas veces sustituyen la calidad y la excelencia por la pompa y la circunstancia. Menos mal que nosotros sólo estamos introduciendo el rito, no lo demás…

Por cierto. Si no me engañan mis conocimientos, la beca estaba reservada a los tunos y a los colegiales mayores exclusivamente. Para licenciados está el derecho de lucir el escudo de solapa, creo. Pero, al final, es lo mismo. Cuando todo el mundo se pone de acuerdo en una cosa, da igual que tengamos o no razón si nadie nos la da. Como escribió Orwell: “un loco es una minoría de uno“.

A lo que iba. El discurso de graduación es una magnífica oportunidad para poner en práctica el genus demonstrativum en un contexto real. Hay que convencer a una colectividad de cuáles son los valores que la unen y reafirmarla en esos valores. Epideíxis en estado puro, diría yo.

Esto significa que podemos recurrir a distintos elementos con los que configurar el discurso. No los voy a poner todos, pero sí quiero abrir una serie en la que ir señalando estrategias y lugares. Empezaré con la salutación y los lugares. En otros posteriores, me referiré a los elogios específicos: los de las Humanidades, el Magisterio y la Psicología (todavía están las tres áreas en la misma Facultad). Terminaré con elogios todavía más específicos a carreras o profesiones concretas.

Me gustaría que, si alguien alguna vez lee este cuaderno de bitácora, se anime a proponer lugares retóricos, citas apropiadas para esos lugares, otras clasificaciones…

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