Mis estudiantes han aguantado bastante, pero ya lo han hecho. Han cortado las clases. Me habría gustado poder trabajarles este texto (Hor. carm. II,14) que recientemente leí como inicio de mi intervención en el homenaje a un compañero fallecido. Otra vez será.

¡Ay, Póstumo, Póstumo! Raudos huyen los años, y tu piedad no aplazará a las arrugas, ni a la inminente vejez, ni a la indómita muerte.

Ni aunque cada día intentes con trescientos toros sacrificados aplacar al inconmovible Plutón, el que al tres veces enorme Gerión y al lamentable Titión

encierra en esa su Estigia que todos los que nos alimentamos del fruto de la tierra, seamos reyes o inanes colonos, habremos de cruzar.

En vano será abstenernos del cruento Marte y de las encrespadas olas del Adriático; en vano cada Otoño temeremos el frío soplo del Austro en nuestros cuerpos.

Al fin, veremos el tenebroso río Cocito lento fluyendo, y a la estirpe de Dánao, y al infame Eólida, Sísifo, con su eterna condena de sufrimiento.

Atrás dejaremos tierra, posesiones y esposa placentera, y ninguno de los árboles que cuidas te seguirá, efímero dueño, allende los odiosos cipreses.

¿Quién dice que Horacio es frío, contenido, equilibrado…?

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