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Ayer, Dánae me planteó una cuestión sobre la que llevo una buena temporada pensando: ¿por qué el discurso político se aleja de los ciudadanos? Estuvimos viendo en clase que hay varios problemas confluyentes: de un lado, el uso de la exageración como herramienta retórica, que lleva a devaluar el propio discurso (ya le dediqué unas líneas a esto hace unos meses) y hace que el oyente desconfíe de los argumentos y de quien los propone; de otro lado, la incorrecta identificación del auditorio al que se dirigen los argumentos.

Más despacio. Por lo que respecta al primer elemento, cuando se argumenta constantemente apelando al miedo a la catástrofe, el orador se vuelve incómodo: nadie tiene ganas de desayunar, comer y cenar dándole vueltas al último barrunto de un aguafiestas.

Por lo que respecta al segundo elemento, si el aguafiestas piensa que sus argumentos van a llegar a los partidarios de sus rivales, falla radicalmente. Esos argumentos no generan cohesión entre las otras filas. Como mucho, consiguen que los elementos más radicales se movilicen, aun a costa de dejar por el camino a los propios.