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Hace algún tiempo, tuve la oportunidad de asistir a la intervención de una persona de unos treinta y tantos años de edad que, como se dirigía a un público de veinte años, buscaba crear la sensación de colectividad con una curiosa cantinela. Una y otra vez, repetía: Nosotros, los jóvenes…
La primera vez, llamó la atención; la segunda, creó una sensación de extrañeza; a partir de la tercera, consiguió despegar al auditorio y alejarlo del orador. ¿Por qué?

El orador se siente joven e intenta transmitírselo al auditorio, pero el auditorio no lo considera dentro del mismo grupo, conque los esfuerzos del orador por integrarse chocan constantemente con la reticencia de cada uno de los miembros del grupo, que lo rechaza porque nota con demasiada claridad la voluntad de entrar en un territorio ajeno.

La intención podía ser buena, pero los resultados eran francamente decepcionantes. Habría sido más práctico, en este caso, marcar las distancias de edad y, ya que no era posible que los jóvenes lo consideraran joven, transmitir a los jóvenes que uno tiene memoria y que recuerda cuando se sentía como ellos. Utilizado con simpatía, produce un claro efecto de unión o, al menos, evita el rechazo.

¿A quién le hace gracia tener que tragarse en su propia casa a quien no ha sido invitado? Es preferible no esforzarse en ser parte del grupo, sino en que el grupo piense que puede compartir algo contigo.

No se debe abusar del nosotros
El auditorio agradece que el orador se moje, es decir, que exponga sus propias ideas y las comente con la colectividad. En el mismo instante en que el orador, arrastrado por la obsesión de un nosotros constante y omnipresente, enuncie algo que no sea compartido por todo el auditorio (o por una parte), pierde su condición de miembro del grupo, con lo que el nosotros se convierte en una herramienta retórica que se ve demasiado claramente.

Cuando la herramienta queda a la vista, pierde su eficacia.