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Para muchos tratadistas, la exageración es un recurso retórico que tiene una cierta eficacia: al sobredimensionar un aspecto concreto de la cuestión tratada, permite hacer que el oyente entre en un estado de ánimo nuevo y más acorde con lo que se pretende. Un ejemplo de lo que piensa un especialista podemos ver en el libro V de la Retórica Eclesiástica de fray Luis de Granada (1576) cuando, al tratar la materia del estilo grandilocuente, dice:

“Y ya que el estilo elevado contiene lo más sublime y poderoso para impresionar los espíritus -cosa que es, sin duda, la tarea principal y característica del predicador- será cuestión de esforzarse por elegir en cada sermón uno o varios asuntos que desarrollar con esta figura estilística. En esto entra -como se colige de los ejemplos de san Agustín- lo que, en su género, es lo mayor y más potente para impresionar los espíritus, y aquí lo hemos anotado con brevedad para enseñar su funcionamiento. Propio de un predicador experto será, con los criterios y adornos que poco más arriba hemos expuesto, exagerar y, al intervenir, darles a las cosas la importancia que tienen.”

O sea, que la exageración es un recurso, una manera de darle énfasis a algún asunto. No es una forma de ver el mundo, o no debería serlo.

Lo malo es cuando nos topamos con gente que está convencida de que, exagerando e hinchándolo todo, conseguirá adhesiones ciegas. Recordemos que se trata de un recurso propio de la persuasión emocional, esto es, diseñado para ayudar a generar estados de ánimo que, en su movimiento de subida y bajada, van también moviendo al oyente.

Pero, ¿qué pasa si la exageración deja de ser un recurso y se convierte en el estilo en sí misma?

Pues que nos encontramos con algunos de esos oradores campanudos, engolados y arrogantes que, a fuerza de agrandarlo todo, terminan por quitarle la importancia a todo. Es un razonamiento fácil en el que me baso para decir esto: si lo más pequeño adquiere dimensiones cósmicas, lo realmente grande tiene que tener el mismo tamaño, con lo que, finalmente, lo mayor y lo menor tienden a descartarse, y el oyente, a irse.

¿Ejemplos? Por doquier. Uno reciente, y dolorosamente presente, puede ser el de considerar traición a España decir que se va a hablar con un partido ilegalizado. Supongamos que lo fuera y pensemos: ¿hay algo peor que la traición al país que gobiernas? Si no lo hay, ¿qué calificativo le pondrán al momento en el que, avanzado el diálogo con ese partido ilegalizado, se pase a negociar la entrega de las armas que tiene en su poder la banda que lo apoya? ¿Qué puede haber más allá de la traición y la lesa majestad?

Se quedarán sin argumentos, no sabrán cómo calificar lo que les resulta incalificable y, al final, su propia falta de capacidad de expresión los llevará a desaparecer de un reventón o a dejar en un discreto décimosegundo plano a quien tan pronto elevó el debate hasta impedirlo.

¿Qué podemos nosotros hacer si le prestamos atención a ese profeta de la catástrofe? Pues que todo nos parezca tan horrible que, cuando llegue el momento de quedarse sin palabras, algún necio pase a expresarse con acciones.

¿O quizá exagero en lo que digo?