Lo malo de algunos talleres de Oratoria

ImagenNo se es buen orador si no se es buena persona. Para aprender Oratoria, primero es aprender a tener un comportamiento ético.

Llevo tiempo pensando que esos cursos tan de moda para aprender a hablar en público que veo por doquier tienen un fallo de base. Lo digo en mis clases de la Universidad y en los seminarios a los que me invitan: no sólo hay que hablar bien, sino tener unos principios éticos que poner al servicio de la técnica retórica.

Desde muy pronto, los que reflexionaron sobre la Retórica llegaron a la conclusión de que era una herramienta muy poderosa, ya que otorga la posibilidad de influir sobre las decisiones políticas de la colectividad. Dejarla en manos de una persona sin escrúpulos es un peligro y puede ser el germen de todo tipo de trastornos para la ciudad. 


Lo vemos constantemente en nuestros días: a los responsables políticos se les inculca desde el principio de su carrera que hay que vender un mensaje y que lo importante es conseguir la adhesión de la ciudadanía. Pero no es el qué, sino el para qué.

ImagenReflexionando sobre estas cuestiones, el viejo maestro Quintiliano dedicó un buen tiempo de su vida a escribir el mayor tratado de Retórica de nuestra cultura: las Institutiones Oratoriæ, los Fundamentos de Oratoria. Dedicó once de los doce libros de la obra a describir en pormenor qué es la Retórica y a enseñar cómo dominarla. Pero veía que no era suficiente, y sabía que hacía falta algo más en unos tiempos como los suyos, en los que la democracia, si alguna vez la hubo, había desaparecido y en Roma gobernaba Domiciano, de cuyas malas prácticas aún se guarda memoria.

Pensaba Quintiliano que no se puede enseñar sólo a hablar en público, sino también formar al orador para que fuera útil a la ciudad. Para eso, recurre a una sentencia de Catónorator est vir bonus dicendi peritus, “el orador es un hombre bueno experto en Oratoria” y le añade algo más que ya está implícito en esa definición: sobre todo, es hombre bueno. Son las palabras con las que abre el libro XII de las Institutiones (Quint. inst. XII, I, 1):

Sea, pues, el orador que definimos el que define Marco Catón como hombre bueno experto en Oratoria o, más bien, aquello que tanto él mismo puso en primer lugar como es lo mejor y mayor por naturaleza, que sea hombre bueno. Y esto, no sólo porque, si la malicia educa esa fuerza de la expresión no hay nada más pernicioso para la vida pública y privada que la elocuencia, sino también porque nosotros mismos, que nos hemos dedicado a añadirle algo a la capacidad oratoria, le haríamos el peor de los servicios a la humanidad si esta arma se la damos a un ladrón en vez de a un soldado.

No se puede ser un buen orador si no se es una buena persona, pero esa cualidad de buena persona no es algo innato, sino que se aprende, se cultiva y se acrecienta con la educación, los conocimientos, la práctica y la edad (Quint. inst. XII, II, 2):

Así, que el orador es hombre bueno, eso es algo que no puede entenderse al margen de la virtud, pues la virtud, aunque toma fuerzas de la propia naturaleza humana, se debe perfeccionar con la educación: deberá el orador cultivar sin descanso las buenas prácticas por encima de cualquier otra cosa y no dejar de estudiar la asignatura de la honradez y la justicia, sin la cual nadie puede ser llamado ni hombre bueno ni experto en oratoria.

Él no era un iluso: sabía cómo era la Roma de sus tiempos y cómo había cambiado desde los gobiernos de Vespasiano y Tito hasta el de Domiciano. Creo yo que su manual no está pensado para mejorar la Roma en la que vive, sino para intentar que aquello no se repitiera. Quizá pensaba que llegaría en día en el que volviera a haber una República, un régimen democrático auténtico, y que entonces sería el momento de recordar que no hay buen político si no hay principios. En la esperanza de un futuro mejor, diseñó a un responsable público capaz de convencer para el bien. 

ImagenSon tiempos que aún no han llegado. Seguimos asistiendo a la proliferación de expertoscoachesentrenadores personalesspin doctors que enseñan a mover la boca y se encogen de hombros ante las ideas de quienes les pagan para aprender a vender. Pero no es eso, no. Desde luego, es fundamental que todos seamos capaces de defender en público nuestras ideas, pero tenemos que aprender algo más.

Y eso es lo que no me gusta de algunos talleres de Oratoria: que no forman guías sino caudillos y, así, contribuyen a impedir la llegada de la auténtica democracia.

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3 Responses to “Lo malo de algunos talleres de Oratoria”

  1. Es muy curioso: hace unos cuantos días, en Twitter, dije que no era posible impartir un curso de “cómo hablar en público” sin tener conocimientos de Retórica. Un periodista, muy enfadado, contraargumentó que un filólogo no podía dar clase en Comunicación Audiovisual (como es mi caso). Sinceramente, no llegué a comprender ningún tipo de paralelismo y, menos aún, la apropiación de los periodistas sobre la comunicación.

    Dejando de lado toda la polémica y el intercambio de tuits sin mucho sentido, yo afirmaba que no se podía confundir la Retórica como un conocimiento que tenemos los filólogos “en propiedad”, sino que la Retórica es una disciplina transdisciplinar de la que, necesariamente, hay que partir cuando se pretende tratar, precisamente, la comunicación. El gran “pecado” que se comete ahora entre algunos “expertos” es descubrir ideas que llevan descubiertas, en algunos casos, miles de años. Creyendo que la Retórica es un conocimiento rancio y pasado de moda, no saben que, contiene las grandes bases para una comunicación eficaz.

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