(Publicado en El Retórico Empedernido)
En una entrega anterior, veíamos que el político (pronúnciese al gusto del consumidor) se enfrenta siempre a un condicionante inicial: se nos ha enseñado a pensar que todo político miente, de donde que nunca sea fiable su palabra.
Me interesa mucho el mecanismo del pre-juicio, esa característica tan humana, tan propia de quien no tiene tiempo de pensar pero sí de hablar. Pongamos, pues, en marcha nuestra mente y llegaremos a una fácil conclusión: sí, es posible que una persona mienta todo el tiempo, a todo el mundo, acerca de cualquier tema, pero es prácticamente imposible que todo un colectivo pueda hacer tal cosa.
De todos modos, mi objetivo aquí no es repetir lo ya dicho, sino centrar mi atención en otro elemento diferente. Quiero ver cómo se dicen las cosas. A esto, los viejos maestros romanos le daban tanta importancia que lo convirtieron en una de las cinco operaciones retóricas y le confirieron el nombre de actio.
El problema es que muchos de los que tienen que dirigirse a sus conciudadanos en un mítin parecen creer que es lo mismo proyectar energía y dar impresión de enfado. El tono, ese tono, Dioses, qué entonación.
No se puede estar siempre regañando, ni siempre con esa forma de hablar que parece que anuncia el inminente Armagedón si no se cambia el número de concejales de un pueblo de doscientos treinta y ocho habitantes.
La entonación debe responder a una lógica, la del pensamiento. Lo que digamos debe salir como lo diríamos en un contexto normal, no con esa manera de dirigirse a la gente como si fueran rebaño. Porque, precisamente, ahí está el problema. El tono de mayoral dirigiendo al rebaño, junto con los vitoreos de la claque, hace que la persona que tiene una vida vea esas cosas y sienta que algo no funciona, que algo se le está escapando, que le ocultan algo importante.
El tono, la entonación, el modo de dirigirse al auditorio, hace que se produzca una disintonía entre quien habla, lo que dice y lo que entiende quien contempla eso desde fuera. Esa falta de sintonía lleva a pensar que falta algo para poder completar el mensaje y, justo en ese momento, la δόξα, la opinión común, actúa y dice: ¿Ves cómo es verdad que todos los políticos mienten?
A lo mejor (o a lo mojó), no es así. Pero lo parece. Y si lo parece, es así. Paradojas de la Retórica.




Yo creo que antes del tono, está su intención y su deseo ¿Para qué quiere un político dar mítines? Para que lo vote.
Ya, con eso, veo el deseo, el interés de un político por el poder, y siento que me quiere engañar.
El trabajo de un político no es ganar unas elecciones, sino trabajar por las personas a las que represeta o quiere representar. Y si lo hace bien seguirá y si lo hace mal que se vaya.
Que a un político no le importe perder si se comporta cómo él es, es lo que me da confianza. Luego elegiré yo si me gusta o no su manera de actuar, pero me da confianza. Los ganadores “injustos por la imagen” caerán por su propio peso.
No se trata de crear políticos sino de buscar los políticos apropiados.
¿Te imaginas cómo sería la vida política sino hubieran campañas electorales, si para un político lo primero fueran las personas y no le importara dejar el poder a otra persona si lo ha hecho mal?
Es un ideal lo que digo, pero es el ideal inconsciente de muchas personas.